Hay días en que la oscuridad 

es más oscura como si no hubiese 
ni un resquicio de luz, siquiera 
el de los puntos intermitentes en la pared 
donde se refleja el sol 
que se cuela entre las persianas, 
tan cerradas


“...A veces parece asimismo que hay miedo a la memoria, y que la fidelidad al recuerdo es algo que asusta...” Julio Caro Baroja

Me hablas de Unamuno, Oiza, Rousseau y de tantos años perdidos.
Te llevo de mi brazo como a un niño desvalido, cuando te paras y dices: no entiendo de poesía pero la niebla ha dejado tus ojos.
He recogido algodón

en una cesta de mimbre

que el aire templa de azul.

La calma regresa

ahí donde se deshizo,

los brazos recobran la fuerza

y las manos se vuelven suaves

y acarician sin miedo la piedra.

Me siento pequeña.

Y en paz.

Paramnesia



He pasado por la casa,

he visto la ventana del salón

donde una niña pasaba las horas.

Me pareció volver a ver

su silueta desde abajo.

El tiempo es algo extraño, me digo,

hace cuarenta años esa niña

vio a una mujer vestida de oscuro

que miraba hacia la ventana y sonreía.

Se reconocieron.

La misma timidez, el mismo gesto.

Agonía de un taxista



Conduces desde tu cama sobre las colinas, apenas puedes levantar los brazos para manejar tu volante imaginario cuando salen volando todos los sueros mientras esquivas un gato en una curva. Atiendes como puedes las llamadas de las señoras que salen del club de golf y cuando te vence el sueño cedes tu precioso volante a ella.
Sólo a ella.
Y ella dobla sus manos con cuidado haciendo un círculo perfecto.
Conduce tu delirio hasta el final.






“Unas veces las manos se tocan

y otras ni siquiera se tocan.

Los ojos sí se tocan

o algo que está atrás de los ojos.”

ROBERTO JUARROZ




Algunas palabras, pobres, se ofrecen

como prostitutas con sus mejores galas,

y hacen mucho ruido para ser vistas.

Otras, las más tímidas, se esconden

detrás de los ojos para que acaricien

a los que saben mirar más allá.

Negrita


Para que no lloraran sus ojos peinaba su crin con flores de lavanda.
Es la naturaleza, decían, que hizo su mirada acuosa...
pero esa yegua lloraba.
Miraba a veces el cielo donde pasaban nueve zanahorias blancas y me llevaba a un lugar cercano
al arroyo para que oyera el silencio del agua.

El murmullo sinuoso predice su forma, decía.

En esos días eternos 

donde la luz no menguaba, 
supimos que las cosas hablaban.


De una espiral ha nacido

con una pluma en el vientre

y en el alma un alero de azul

que la guía entre vetustas

coordenadas de espacio

y de tiempo.

La mano tendida fue su alimento

y la brújula su mirada

cuando la niebla por fin ha caído

formando un manto de tul

que abrigó sus pies fríos.

Y ahora que todo está nítido,

va colocando con parsimonia

en un crucigrama las letras

que la forman, el nombre

que la llama.

Y mira las sonrisas de sus madres 


y atiende sus gestos de aliento.

Y sabe que ya no está sola

por el eco de sus pisadas.











Hay una madera en medio 

de nuestros cuerpos

como el tablón que vislumbra

el náufrago antes

de dejarse vencer por el mar.

Inútil espejismo que invoca

la razón para ahuyentar

el zumbido del deseo

que ya sólo busca ahogarse. 

Ella( Amelia)


Se desliza como sirena
que vuela ingrávida
y alimenta a su paso
a los peces más rezagados,
meciendo con su cola la corriente
para que sean propicias sus aguas.

Cumplida la tarea,
se eleva como si nada
hacia el otro azul
y vuela a braza,
ahora algo más grávida.
Pero agradece 

la cabida de su corazón.

Se me Ocurre



Me gustaría ser la cigarra que canta y tiene el don de la alegría.
Sin embargo, mis hijos necesitan la hormiga.
Podría servir, quién sabe, un híbrido entre estos dos insectos: una luciérnaga nocturna y una abeja con las rayas a medio pintar.

Algo así como una abeja negra. 

Photoshop inverso


Señora anciana sin arrugas:
adivino su belleza 

colgando sus mejillas un poco a cada lado,
añadiendo unas líneas
de pensamiento a su frente
intuyo años de preocupación
y de estudio de la naturaleza humana,
si ladeo un cuarto su boca
podría pensarse que amó mucho
y que no obtuvo respuesta.

Hay que imaginar mucho para verla.
Es raro. Anciana sin huella.

Derribo


Encalla la palabra que no te dije.
Crece torcida hacia dentro
                                                     y duele
como la uña que se encarna
en un tejido sin aire.
Habré de derribar sola los muros.
O remanga también tu chaqueta,
toma otro martillo
                                                  y golpea.

¿De qué llanto esta lluvia,
de qué puertas cerradas,
de qué tiempo?
¿De qué “yo” esta voz?
Si la palabra que busco
                                       se esconde,
aunque abra todas las puertas...
¿Tras qué velo agazapada?
Quizá sólo en la blancura final,
la respuesta.

Devolviste el aire a mis manos
y a mis pechos regresó el dulce
amargo, y llovieron en mi pelo
raíces de árboles y flores
que querían retornar al bosque,
trasplantaste en la mueca
abismada de mis labios la sonrisa
y me dije para adentro:
ahora sí, parece que todo está bien.






¿Cuántas tomas de aliento

desde el primer estallido de aire,

cuántas desde el golpe seco

en el glúteo tras atravesar el umbral,

cuántos deslumbramientos?


¿O empiezo tal vez a contar

desde la mirada al espejo

de doble cara en aquel dormitorio

de infancia?


¿Es ahí el temor, es ahí la verdad?


Que no sirva sólo a tus creencias,

existe también el amor sin piel

fabricado únicamente de sueños,

de retazos, de fragmentos.

Puedo oler y sentir la tierra

sin arrodillarme ni clavar las manos

en ella; y puedo alzarme

por encima de los tejados,

de las nubes, de las nítidas

líneas que trazan las ciudades

de este mundo y habitar

en una almazuela de redondos

eternos sin más comida ni bebida

que los que a bien tengan dejarme

tres pájaros azules.





Decir para devenir,

para unificar todas

las máscaras que me conforman:

esta, esa y aquella,

de ayer, de hoy, de mañana.

Y volver; regresar al punto de partida

y oír lo que suena, el latido

que soy.


No en vano las notas necesitan

de armonía para convertirse

en música.


Hay dos palabras,

que escribes y borras,

que gritan y callas.

Y sobre unas silentes líneas

se posan dos larvas

de cuyas glotis alumbran

intermitentes y claras:

amor

                           mío.


Ayer te llegó la hora del primer

fusilamiento, hijo. Escuchas

primero el chasquido,

luego la detonación,

y más tarde el dolor.

Me gustaría limpiar la herida

como buen mamífero;

a lametazos la sangre seca

e hincar el colmillo para sacar

la bala y echar sobre el agujero

algunas flores
y frutos 

y cantar alguna nana.


Han profanado tu primer horizonte,

pero descubrirás que la marea del cielo

volverá a dibujar otros

con mayor intensidad.

Bonnard lo sabía

   
             Hay después del amor una separación
                 entre las almas de los amantes,
                como si el último suspiro de gozo
           levantara un muro invisible de alambre.
     Ella horizontal, sobre la lánguida colcha, deja probar 

                            a unos gatos
                  sus dedos aún húmedos,
            El vertical, tras un enérgico biombo,
                       se viste ausente...

                        Bonnard lo sabía:
           el tiempo del amor es antes y durante.
                   Después, el recogimiento. 




                       







Hace tiempo dijeron que dije
palabras que ahora no entiendo,
que dije yo cuando quise decir otro,
que dije mar cuando quise decir cielo.
Hoy quiero decir lo que no digo
o lo que dicen que dije hace tiempo
cuando hacía bailar las palabras,
sin importar nada la rima
ni el plomo del pensamiento,
que me roben la comida
del pico, qué importa,
si con eso alicato los huecos.





Deseo sostener toda la dicha
y toda la tristeza del mundo:
sintonizar con ellas desde esta pequeña isla,
darlas a conocer como un simple
transmisor de lo que vive,
de lo que sufre, de lo que muere,
de lo que ama.
No crear nada, sino hacer partícipe
de la maravilla de ser no siendo
más que todo lo que percibo:
el instante desnudo y único
de una flor al nacer, de un solitario árbol
recreándose en su inmensidad,

de la roca que cobija y espera,
de los primeros y tibios
pasos del niño, de los ojos del anciano
llenos de mundos que fueron
y poder decirles que todavía
son, serán...

Recuerda el castaño en noviembre
alfombrando los campos
y sus valvas estremecidas
anidando los huecos.
Recuerda a tu ángel de pelo blanco.
Recuerda que los moldes
se desmoldan,
que es blanda la arcilla y el barro
y el amor.
Recuerda que las piedras
también se rompen.

El amor me ha tomado
esta noche.
Sólo una caricia, apenas dos dedos
rozando mis párpados
y unos ojos de oscura luz...
El vigía de mis sueños vertía
en mi vientre mudas palabras
como peces de exóticos colores
que había tomado prestados del mar.
Su caña humilde, su negro ropaje,
y su tímida entrega para decir: 

sabes quien soy. 

Mira.


Podías blandir tu juego de llaves

en respuesta a mi plegaria

o, al menos, hacer que juegas con ellas

y entonces:

estiraría mucho los brazos,

me haría un ovillo de escarcha,

o, si así lo prefieres, una lengua de fuego,

arrebataría el tres al amor

y todos sus múltiplos a la empatía,

dejaría atrás todas las piedras

para intentar alcanzarlas.

No importa si 9 ó 90.

Conocía la forma y hoy creo saber

el fondo exacto de la hendidura.


Su sueño la nombra,

acude presurosa a él 


y besa la pequeña marca 

en su mejilla izquierda

y lo toma en brazos

y la noche que parecía haberse

escondido y guardado todas sus estrellas 


en un cajón cerrado,

vuelve a vestirse de fiesta

para celebrar que dos seres

al margen del mundo

se aman.


Mi afección comenzó cuando aprendí a hacer gráficas.
Hoy lo recordé ayudando a mi hija con sus deberes.
Había que rellenar los huecos con colores.
Con determinación coge el lápiz azul y amarillo, sus colores de cielo con el sol riendo siempre en la esquina izquierda sobre montañas y ríos.
Y recordé mi angustia: las coordenadas de espacio y tiempo.
Y cambié su método:
no hay horizontal, hija, ni vertical,
sólo círculos.

Infinitos.

No enciendas la luz.

Acostumbra tus ojos
a la penumbra,
así podrás ver en la noche,
y entre las sombras
distinguirás mi rostro,
y en el silencio mi palabra
enamorada del hueco
que sigue abriéndose paso
a través de ti.

Como ayer, así mañana.













Ay de aquellos que osan llamarse ángeles,
que apelan a la bondad
como elemento tangible,
como entidad corpórea
que puede palparse en la materia
sin sueño, que juegan y apuestan
en juicios rápidos y objetivos
sin más prueba que subjetivos daños:
los propios, los suyos, de ellos,
que creen volar y miran desde el subsuelo,
el relieve de un hormiguero
al que llaman universo,
y toman la miel de la abeja
sin dar las gracias y, aún más triste,
sin saborearla.
Pero hacen suya una tesis
de la textura, del aroma, del color.
Y después reverencias y humildad y movimiento
de manos...

He encontrado las cenizas de un muerto
dentro de una caracola.
Me pregunto si son las tuyas,
-es extraño el uso del posesivo
referido a esta arena gruesa-
¿tuyas?, ¿de ti?...

El tartamudeo del viento
no sabe, pero el mar responde sin duda:
una contadora de historias
buscó este lugar.

La caja de juanolas


He cogido por equivocación tu bolso de viaje, y hurgo y abro y cierro cremalleras esperando encontrar algo que me huela a ti después de tanto tiempo.
Hasta que en el fondo de un pequeño bolsillo aparece una caja metálica:
rombos negros pegados que se me antojan el mejor manjar que haya comido en años.

La mortaja de un pájaro
en el fondo del mar
con el cordón que lo unía
al cielo
enlazado a una roca
y en lo alto de la montaña
las espinas disecadas
de un fantástico pez.
Se cruzaron en el camino.
Iban a por todas.

Cuántas mudanzas necesitó
mi alma,
cuántas distintas casas...

En algún lugar
entre el óxido del tiempo
y antes de la desmemoriada carne,
nos sabemos corteza
y nos sabemos árbol.

Pero al llegar cuánto olvidamos.
















Juan con miedo

Qué extraño acompasar los pasos
de la mujer madura que ahora soy
con aquella niña que caminaba
a saltos, entre líneas y sumando.

Cuánto tiempo se fue entre tanto número,
cuánto dejó de mirar para no ver,
cuántos sueños ahogados,
cuántos perdidos...

Polo opuesto de aquel que hizo
su viaje para conocer el miedo,
todo mi camino se resumió
en un conjuro para poder evitarlo.

Escribir ha sido mi jarro de agua fría.

Miras atentamente deslizarse
el blanco sobre negro,
luz sobre sombra que se abre
a la rosada carne,
los pliegues se deslizan
                                     lento
y dejan caer sobre los muslos
un río de peces de mar que acostumbrados
a la salinidad anhelan el dulce de tu boca,
a sabiendas de su prematura muerte.
Extiendo el lienzo sobre el caballete
y pido misericordia.
Clemencia.
Toda la tela entregada a ti.

Sé que tus pasos anduvieron

aquí en otro tiempo,

reconozco tus huellas

casi borradas

por el hálito de la memoria.

Lo dijo Szymborska más bello:

“todo principio no es más

que una continuación...”

y el nuestro comenzó en una estrella

que hoy llora su desgarro.

Que más puedo decir,

ya ni río con las babosas

que creen escuchar un crujido

de huesos cuando reptan

por los muros de esta ciudad.

Los pájaros sí saben

pero callan. 

Tus ojos parecen tierra de nadie
como una playa en invierno

desolada y oscura,
la mordacidad de tus versos
esconde el dolor que el pudor
no enseña,
pero de tus manos
el trazo de un deshuesado pájaro
no miente, hermosa ave
que vuela lejos
donde nada,
                           donde nadie.




¿Qué decir al respecto?


Al respecto decir

que todo lo que no fue dicho

fue hilvanado en nuestras almas

de antemano, antes,

no sé cuando.

Tú no crees-¿cómo hacerlo?-

en las idas y venidas

a este lado del tiempo

fuera de la brevedad

de este centro de vida.

El bosquejo de nuestras líneas

lleva mezclado una eternidad.


Siempre me veis reír, perpetua sonrisa que os empuja a saltar y a correr por un cielo ortigado sin temor. Aguzad bien el oído, atended al galope y al ruido de los cascos y alzaos sobre él sin importar lo sinuoso y pesado de las sombras, penetradlas y entonces, sí: reíd o llorad.

Debe haber
un me voy yendo
despacio sin que se note,
un me voy llenando
de amor mucho más
del que suponen,
un me voy vaciando de ayer
por esta noche
que vino a anunciarme:
como un niño
con un cedazo en el mar,
yendo, llenando y vaciando
su red,
juega y vive la vida.

La niña de madera
se ha hecho astillas
y los secretos y los miedos
como nervudas carcomas
van corriendo por el suelo
y sueña que se multiplica
y posee dieciocho pies
y noventa dedos
para enterrarlos bajo tierra
o hundirlos en una alcantarilla
para que nadie los vea,
pero sabe que su cura vendrá
cuando alguien los descubra
y la ame así
con todas las esquirlas abiertas.

Melancolía


Entre la orilla y el mar,

un andén lleno de piedras

agitan sus grises

pañuelos y susurran

a la lengua de las olas

los más delicados versos.


El hueco entre tus ojos:

estación solitaria

donde se halla mi tren

sin pasajero

                      ni maquinista.









¡Qué sabrán ellos!

Yo he visto

como se rompieron sus alas

desafiando al mar

por un pequeño barco.

Usé de resina el amor

para pegar los fragmentos

pero no pude acabar la tarea

porque entonces me rompí yo.




A fin de cuentas


Ya ves la insignificancia
que soy, tan tan insignificante
que no merece la pena
buscar el significado.
A fin de cuentas- me gusta
esta expresión- amo
lo mínimo, lo más pequeño,
lo que casi nadie mira
y pocos ven.
En lo diminuto habita
todo lo que tiene sentido.
Y al sentido nada le significa
tener un significado.

Mamá


Siempre soñaba tu vida
y al despertar
vivía tu muerte. De nuevo.
Con toda su crudeza.

Hoy soñé tu muerte.
Pero al despertar,
al despertar...
celebré tu vida.
Puedo entrar en lo onírico
sin usar las alas,
el olfato nocturno me guía
y me mantiene en vilo.
Ay, quien venga a poner
un manto oscuro sobre el cuerpo
de mis hijos, quien robe
un poco su aire
o ponga en duda sus dudas,
sabrá entonces de qué está hecha
mi piel.

Voy a encontrarte
para traerte a la materia
de estos locos días de junio,
para volver a tocar la corteza terrestre
y des velar
este sueño en el que llevo
prendida como un hilo
que queda colgando de una hebra
de tu alma,
y va balanceándose lento
e imperceptible,
y a veces miras y parece que no está
y después vuelve y revolotea
entre las pestañas
tan cerca, tan siempre.
Dame tu mano y ayúdame.

Ayúdame a soltarlo.
Digo la verdad a todas tus preguntas
como un testigo en un sumario
después del juramento.
La verdad mirándote a los ojos:
sí y no,
la verdad concisa,
sin quizá, sin no sé,
y a cada respuesta siento
como retuerzo el puñal,
superficie de agujeros el pecho,
y quiero salir de ahí
pero prosigues y observo
la sangre corriendo por mi cuerpo,
bajando hasta los pies.

Dices que me admiras.
Y yo te veo por primera vez.


Hijos, no quise anticiparme
a la vendimia 

ni negociar el fruto
sin pedir permiso al árbol,
tampoco necesité mostrarlo. 

Fue suficiente
dejarme acariciar 

por unas pocas flores 
que brotaron de sus hojas. 
Yo no supe vender el árbol.

Me vine muy lejos
siguiendo las instrucciones
de un viejo en la segunda farola
del puente del Kursaal.

Yo cantaba llorando
o lloraba cantando,
él sostuvo mi mano
y me dijo:
“al sol todo se cura mejor”.
Pero no entendí la metáfora.


Elegí una isla para mi soledad
y a medida que esta crece
la otra mengua, se achica
acotada por el mar.

Los amantes


Caminan ajenos al mundo,
remetidos por dentro del otro
sin poder descoserse el alma.
Bajo sus frentes bailan estrellas
que sobresalen de cuatro cielos 

nocturnos y despejados,
sus cuerpos de miembros agónicos
dependen ahora de otros vasos
que transportan la sangre
de un corazón extraño.
Recien llegados de ellos,
recién nacidos

se devoran,
se inauguran

                     invictos.



























Es un mundo extraño este donde no encuentro mi sitio, la torpeza y el descalabro son el pan de cada día y el encanto y el asombro el elixir de algunas noches. 
No es tanto el amor a los números, sino más bien un conjuro para tocar el suelo, pero en ocasiones los antídotos se vuelven más fuertes que la enfermedad y habré de vivir sin ellos.
Aunque me olvide la compra sobre el techo del coche y arranque y oiga un estrépito de huevos al chocar contra el suelo, y pierda las llaves y la cartera y los papeles y la cabeza.

Y crea que el malvado no nació así
y el desconfiado tuvo sus motivos
y el envidioso un mal reparto en sus cartas
y el enojado poco líquido amniótico
y el tramposo un mal maestro...
siempre llegará la noche
y podré asomarme al balcón
de cortinas abiertas y soñar
que es posible, que aún es posible
vivir.
Me dices que estoy enamorada 
de algo que no existe,
que habito un país disperso
lleno de fantasía,
que navego en un barco sin rumbo
mecido por la marea 

de un corazón obstinado y rebelde.
Me dices que no sé nada,
que los colores no existen más allá de los ojos,
que los ciegos no pueden ver,
ni imaginar el rojo si nunca han visto
como arde la llama, como se pone el sol,
me dices que regrese, que vuelva...

Mas yo creo que estoy regresando
a lo que siempre he sido.
Vuelvo a lo que soy:
inconcreta, inexacta, imperfecta,
pero libre.





Preludio de la noche
agonizante, dividida en dos:
inmateria y carne.

Se desploman todas las vigas
y camino hacia el miedo:
ven, aquí estoy.

Alguien toma mi mano.
La trama se deshace.





El grabador


Me ofrecí a ti como nunca
lo hice antes:
sin piel,
sin ojos,
sin manos,
sin extremidades.
Hacías incisiones
sobre un relieve
cuya matriz
sólo tú conocías.
Has grabado tu voz en ella.

Crear un espacio que no existe
más allá de tu propia existencia,
limpiarlo de polvo y paja,
llenarlo de deseo y ausencia.

Ese lugar donde no estás
es a donde me dirijo.

Más allá de ti dejarán de ser
todos esos lugares
que no existen,
pero que llamabas y eran.
Hoy soñé que era poeta
como quien sueña que hace
una visita a la luna,
sorprendida de tener el don
de ingravidez,
de poder hablar en el idioma
de un pájaro extraño,
y visitaba mi cuerpo
dormido en la cama
que sonreía ligeramente
viéndome/ viéndose flotar.
Quise decir al habitante de ese
mi cuerpo que todo estaba bien.
Ahora sé que me oyó:
fluyo en un papel aunque la tinta
termine borrándose...

Todo está muy bien.
Triste oasis seco
para los que vienen buscando
un brote de sonrisa
en el centro de esta soledad
tan amplia.
Lamentos como jirones de arena
cayendo del techo
de una carpa de circo
que alguien dejó abandonada
en mitad del desierto.

Hoy sólo siento círculos
en mi espalda,
pequeñas redondas caricias
que nacen de tus uñas
cuadradas.
Así me dormiré hoy:
jugando a adivinar
qué me dicen tus yemas.
Casi siempre
palabras sencillas
y cortas.
Acabas de verla y me has visto,
llena como tú de amor
y nadamos juntos a ella.
La luz que derrama sobre nuestros
cuerpos, el tuyo en mí
y tú vacío de ti conmigo,
el mío en ti y yo vacía de mi
contigo. Pero siendo 
más nosotros 
que nunca.
Recuerda: un día te daré algo
de ti que olvidaste en mí.
Tú harás lo propio conmigo.
Y ya no seremos dos.

Temblor

Vuelvo sobre mí misma
al instante del arcano mundo,
con la misma extrañeza
como si me hubieran
despertado de un larguísimo sueño
y hay un estrépito silencio
de color renacido,
y un olor remoto y nuevo...

Se hace carne el momento
en que uno es todo pregunta.
Es sólo pregunta.
Y siento que nada,
absolutamente nada está perdido.

Qué saben de la risa
ante el pavor,
de la culpa
ante la siniestra humedad
que produce la saliva
de cien cuervos,
qué saben de mecanismos,
qué saben de efectos.

Para algunos no habrá hoy ni mañana ni pasado.
Sólo verán crecer el ayer.

Iaco

Has aparecido de repente
en medio del vuelo sobre el mar. 

Siento tu presencia como la de todos
los muertos:
una honda caricia en mi cuello
y después, sobre mi cabeza
y te has reído con esos ojos
que nunca vi
y recuerdo tu poema de la madre muerta,
que marchaba caminando con una guata en la boca,
y me dices: vos sos tonta,
¿recordás los dígitos de la habitación
de mi último hotel, recordás el día?
Tu buen augurio resultó fallido,
y no pude echar monedas para ver el culo a la enfermera...

Sonríes y te vas.

Vaca mirando al tren

No soy faro,
puede que parachoques
o el saco del boxeador
que se balancea,
o una venda que camina 

detrás de la momia
limpiando el suelo
de su sombra.

No soy haz de luz
ni linterna
ni llama de mechero:
sólo contemplo.

Apenas veo.

Creí que estaba en medio del mar
sin saber qué ofrecer al viento.
Quise hacer el amor,
danzar con él,
pero no lo pude engañar:
mis pesadas hojas
caían,
no encontraba el espacio
sin tiempo
ocupada en contar las olas
con los dedos y la espuma
llorando en mis ojos desmadejados

que ansiaban tanto
mecerlo.

Cansada de ser la mascota fiel
del que predica desde su atalaya
de conocimiento,
orino en sus zapatos cuando duerme.

Y sin embargo, por las mañanas 

lamo con pena su corazón 
mutilado ya de todo asombro.
A pesar
del rancio hotel,
del relato de Stevenson 

que sonaba en aquel momento en la radio,
de ese vientre tan hinchado,
de tus deformes pies a medio camino
entre el violeta y el gris del cielo
bilbaino,
de un árbol amazónico
cuyas hojas invoqué,
de una canción de cuna,
del emplasto de curandera,
de toda la compasión del mundo
concentrada en quince metros cuadrados,
de la ausencia de placer,
hubo belleza esa noche.
De mil maneras distintas
nos lo hemos dicho.
Con cuidado
palpábamos el terreno
con un palo
para evitar la mordedura.
Pero es demasiado tarde
para ambos:
se ha inoculado el veneno.
¿Y de qué sirve este amor
si no puedo escanciarlo?










Flechas romas violando
el aire. La mente traidora
ha dado la orden de ejecución.
¿Cómo burlarla?
Abro caminos y serpenteo,
me oculto bajo las ramas
y llego a un paraje extraño:
una caldera volcánica
con ardientes surcos
que lamen mis pies,
la mente se desintegra,
se pulverizan las piedras,
en su lugar plumas azules y verdes.
Paro y miro sin miedo quién soy:
¿la que lapida
o la que ampara?
¿soy ambas?


¿O ninguna?

Escarcha

Haces un corte transversal
justo en el centro,
raspas las agujas de hielo
y derrites y deshaces...

Yo trato de hacer lo mismo
justo en el centro del tuyo
y suelto el aire despacio,
formo un embudo de aliento
pero no llego...
¿A quién se le ocurrió que libar
era poético?
¿Y el fulgor y los goznes
y los céfiros vientos?
¿Quién dedujo que
la belleza no era bondad?
¿Y al amor? ¿De qué lo revistieron?
De embustes pseudorománticos,
de miel, de cánticos nuevos,
de ardores centinelas
camuflados bajo un orden correcto.
Díganme: ¿cómo se es políticamente
correcto en el amor?
¿Y no caben en él más verbos?
Arremeter, acoplar,
ajustar, embestir, atropellar,
lamer, arrebañar, lengüetear,
impregnar, implantar, atravesar,
morder, aminorar, acelerar,
despertar, resucitar...

Que hablen del amor los vivos,
no los casi muertos.
No deseaba ganar partida alguna, 
bien conoces tú
mi vocación de perdedora,
quizá tener el consuelo
de que en caso de hundimiento
podría reflotar.
Buscaba comodines,
no un as bajo la manga.
De sobra sé que son iguales a su rostro:
un jocoso engaño
como mis fragmentos.
Ojalá, mi amor, pueda algún día
vivir sin ellos.



Dicen que no existes
con rotundidad,
que es atea la inteligencia,
mas yo creo
con idéntica firmeza
todo lo que se me niega.

¿Es rebeldía,
es un dogma anti dogma,
es mi natural inclinación 

por la pregunta sin respuesta? 
¿O debería ser la respuesta 
sin pregunta?
No voy a dar forma al orgullo
ni peso a las cosas que importan
a los hombres, la magnitud
de los objetos,
la importancia de sus creencias:
estas o aquellas,
su elaborado discurso
que adormece mi atención,
mientras trato de elevar a infinito
al ausente, su diluido contorno
o atisbo a lo lejos una estrella
cuyo jugo quiero exprimir
para dársela a sus labios
y derramar esta inquietud en versos
para sus ojos, agujeros negros
donde siempre termino cayendo.

Inevitablemente.

Relámpago

Si no llega el relámpago
que divida en dos el cielo
sobre mi frente, me falta
la sencilla modestia de la piedra,
su presencia tranquila.

Si me sobran, en cambio,
sus aristas cortantes, he de callar
un tiempo.
Reposar y sentir
que tal vez los rayos caen
sobre la humildad
de una muy tímida danza entre el ser
que soy con el ser que habla.

El secreto

Mi abuela lo sabía
mientras el médico iba cortando
a pedazos sus miembros.
Puse mis manos en sus pies
apartando de un manotazo
el bisturí carnicero.
Y me envolví en su piel,
y hablé con las voces de todas las mujeres
que poblaban la casa del Boulevard
y salieron por su boca
peces de colores que se convertían en injertos,
cubriendo las falanges de sus dedos,
tubérculos ancestrales de la hechicera,
de la sumisa, de la revolucionaria,
de todas sus madres...
enhebrando, tejiendo y cosiendo
sus alas, sus garras, sus vidas pasadas. 

Pasado el instante, pregunta: 
¿Qué hechizo es este?

A ti

Es complicado convencer a mi vientre:
autónomo caminante de mi cuerpo
que esgrime sus razones convexas
donde se concentran la intuición 

y el deseo.
Desde la tierra de mi vientre la voz,
de mi útero las contracciones 

que le dan forma. 
Únicamente así podré ser fuente
de agua, de aire, de fuego.

El resto, a ti no te engaño,
son sólo palabras.
Esa estrella que miras parece
más brillante que el resto,
pero a ella no le importa
si proyecta más luz,
ni tampoco puede observar
el brillo de las otras.
¿Y qué me dices de los árboles,
de los peces, de los grillos,
de las ranas?
¿Es un engaño el contraste,
una ilusión del pensamiento?
¿Y por qué el corazón tiene
también su lámina agujereada?
Nada es anodino, nadie lo es,
ni simples aquellas palabras
que alguien en algún momento
poco venturoso definió así.

No comprender la vida
la hace más valiosa,
no entender la muerte
no la hace desaparecer.

Igual que un niño mira
todo a su alrededor
y lo muerde y lo deja
y lo toma y lo suelta:
así con la vida,
también con la muerte.
La otra dimensión de la palabra.
El reverso que lucha por salir y abulta mi piel tratando de soltar el torniquete
que torpemente lo amuralla.
Hacerlas brotar hasta desangrarme,
cascada de voz que mane y desgarre
y suelte todo lo sujeto, las voces que gritan perdidas en las noches de niebla, de memoria agria, las que no quiero y deseo volcar como si las lanzara por el acantilado del alma, de todas las  almas pasadas...
Y decir que sí, aullar sabiendo que ya,
que ahora sí me vacié, sí me recargué, que salí, que volví, que abrazo a la niña que llora, que la acuno, que la libero, que ahora puede danzar por el filo sin miedo y lanzar por los labios pétalos
a su dolor, a los dolores de los que ama, o que no ama pero que entiende o que sin entenderlos los compadece, los siente y sentir que puede y que es suficiente así...

El baile

Finalmente danzaron sus cuerpos
cuando a un tiempo,
y con sus pies, empujaron 

con la soga al cuello
la silla que los sostenía.

Piqué el anzuelo

Y se expande el amor por mi cuerpo
salino, como un mar apocalíptico
que hace saltar por el aire las esclusas
del corazón.
Maremoto que anega todos mis órganos, 

transformándolos:
a mi piel le brotan escamas,
los pulmones ahora son branquias
y desciendo con flores en la boca
a las profundidades,
nadando en zigzag sobre una rayuela
formada con nueve estrellas de mar.

Átame a esa roca,
que more allí siempre contigo,
al filo de la realidad.

Ser

Sé que estás ahí cuando me vengo abajo, tiras de mis brazos y no dejas que me hunda en la oscuridad.
En ocasiones te pierdo y no oigo tu voz, mas cuando duermo me envuelves con una melodía que no soy yo y sí yo soy.
Ese ser escondido bajo tantos números que conjuran inútilmente mis miedos y eres tú, yo soy, quien lo consigue.
Tú, la música que oigo, la luz que perseguí fuera pero que está tan dentro.
De mi yo soy. Y desde ahí, el otro.

Difusa lógica

En la visión borrosa del mundo donde los márgenes se diluyen y las líneas serpentean encuentra su marco la poesía.
El horizonte se curva impreciso y los sistemas de medición obedecen a criterios tan subjetivos como la sombra que precisa del sujeto para ser vista o el calor de las emociones que confieren color al rostro de un niño.
De una mariposa roja o ¿es verde?
Del cielo. Del mar. Del 
pájaro.
Del amor...







Deudas

En cada duda una deuda antigua,
una tentativa en cada paso
y un ruego a los adoquines
para que quepan mis pies.

Cobarde

En la ribera del sueño
hay un cauce de las palabras
desprovistas de todo ropaje
y disfraz. El empuje del agua
las ha desnudado:
cantos rodados, piedras
nervudas, arena desconchada
que vibra, que habla...

Sí, ya sé que pedí que cosieras
mis labios con un hilo
de lana gruesa, pero corta
a esta cobarde tan sólo las comisuras, 

será suficiente un hueco.
Descoser un susurro. 
Todo antes que esto. 

Tristeza

¿Qué mal hay en al amor
a las flores, a los árboles de hoja
caduca, perenne, a todos los peces?
En los campos, en los bosques
sin reforestar, en el ancho mar...


Con ternura contemplo todo
sin poseer, sin tratar de alcanzar,
están aquí y son cuando yo.

Eso me basta.

Tristeza es querer
y no poder decir que quiero.




Ausencia .

Qué decir de mi boca
si el destinatario de mi lengua
no la puede entrelazar,
degustar mudos los versos
y probar mi saliva sin tinta,
su hambre, su súplica.
Energía malgastada deambular sin ti, 

repunte de muerte, estómago
vacío y triste que se adormece
en soledad.

Leyendo me

Tal vez no sepa escribir un poema
y me lo haya creído un poco
sino, ¿a qué tanto papel
-no ecológico, para más inri-
impreso para cuatro o seis versos?


Escribir para descontracturar,
quizá con eso sea suficiente.

Dinamita negra

Pude mover tus cuartos traseros
con sólo mirarte:
media tonelada
de pura sangre, de sangre herida.
Para que fueras veloz
te hicieron daño
y encabritada vienes a mí
para hacer valer tus derechos
de líder de la manada.
Suelto muy despacio la cuerda,
me arrodillo y frenas
a medio palmo de mi cuerpo.
Guíame,
libre,
ven.
Y me reconoces.




Cuál es...

¿Cuál es la última máscara?
¿Y quién la desenmascara?
¿Es tal vez la muerte el sujeto
encargado de desvelar,
y cuál es el objeto directo,
son los huesos el último disfraz?

Las dudas aprietan tejidos
y los estampan contra una sábana verde.


El miedo, ocho nudillos blancos
que se hunden y retuercen
bajo apáticos fluorescentes
que parpadean sin ganas de alumbrar.

La culpa, el dedo índice
que se incrusta en un ojo.

Y lo perfora.

Amor celeste

Disfrazas tu ternura de sarcasmo,
encoge tu soledad
sus hombros de indiferencia,
pero a mí no me engañas.
Te quitaría la ropa despacio
para que todos vieran
la inmensidad que escondes
junto a las puñaladas.
Y de cada una fabricaría un néctar
compuesto de versos y besos

que amortiguaran a sorbos tu pena.

Desconvoco...

Desconvoco a mis manos,
cambio de ruta a los ojos,
ausento la voluntad,
¿puedo?
escribir fuera de mí,
abstraer la mente,
volcar la ausencia,
derramar el vacío
en las letras
y decir:
veo proyectarse una sombra.
¿Se proyecta?
¿Puede proyectarse la sombra?
¿Quién la dirige?
¿Es la luz quién la elogia?
¿Puede una vivir sin otra?
¿Y la bondad?
¿Existe sin su contrario?
¿Y el amor?
¿Sin el miedo? 
¿Y tú?
Ahora soy un bebé,
veo una nebulosa blanca,
algo sale de mí,
¿o no soy yo? ¿Es ella yo?
¿Cuándo percibo que mi madre no es yo?
¿Qué es yo?
¿Movimiento de dedos?
¿Proyección? 

Poetas

Abrid los ojos, 
balad distinto,
que se os oiga.
Desafinad, asonad, no importa.
Haced juego con vosotros mismos
y si no conocéis vuestro color:


¡descubridlo!

De miedos y prevenciones está el mundo lleno...

Sé que no me causabas dolor con intención. De repente soy la risa congelada del viejo de la estación que ayer regaló un pájaro de papiroflexia a un niño, ante la atenta mirada de la madre que lo tiró en la papelera más próxima.

Y grito desconcertada ante la situación: no es usted, no es el niño que llora por su hermoso pájaro abandonado, ni siquiera es esa madre.

No es usted, señor. No soy yo.

En ese momento el pájaro mueve sus alas, se desempolva la suciedad y suavemente se posa en las manos del niño que deja de llorar.




Manos

Mis manos estaban rotas, ajadas,
parecían las manos de una mujer
que las ha entregado al fuego,
a la cueva de un oso hambriento
a sabiendas de que las perdería,
pero invocando
el milagro del amor
de rodillas fuera de la madriguera.


...


Y hoy parece que la piel
se regenera, mis dedos
se enderezan, tiemblan de nuevo, 
aletean 
por las negras de las dudas 
y se posan finalmente
en las blancas
sostenidas por tu bondad.

Rendición

La cuadratura del círculo solar
es el tiempo.
Si Júpiter quiso que tú
fueras tú,
¿qué puedo hacer yo
al respecto?

Alquimista...

Alquimista de mis sueños,
he de decir adiós.
Perdí el miedo en tus ojos.
Me invitaste a bailar
al borde del umbral.
Y danzamos.
Cayó tu pena.
Nos hicimos transparentes.


Nací en primavera...

Nací en primavera en un año donde los números se voltean para poder amarse. Llovía tanto que no me sacaron en el cochecito a pasear, por el contrario, mi hermana y sus cólicos salían a beber la lluvia, a tocar el viento.
A mí me colocaron en un capazo bajo una ventana del salón durante dos o tres meses- no lo recordaba mi madre con exactitud- y sonreía mirando el vidrio.

“Sólo sonríe y no llora, casi no parpadea, ¿tendrá algún defecto en el lagrimal?” y me llevaron al médico.
Tardé en comenzar a hablar, pero canturreaba mientras pintaba.
Y otra consulta médica. “¿Será esta niña normal?”

Más tarde aprendí.
A llorar.
También a hablar.
Empiezo a creer que busco un poema que me lleve de nuevo ante ese cristal.

Para Amelia

He encontrado un poema perdido
entre los apuntes viejos,
redondas las vocales y algo puntiagudas 

las consonantes.
Los puntos, círculos perfectos
y las comas, tímidas pulgas
recostadas panza arriba.
Trazo las líneas palpando
por encima de la tinta azul,
y de súbito vienen tus manos
a envolver las mías,
y las limpias despacio,
y las besas,
y las curas.
Las letras observan la escena
sonrientes, los neópteros se levantan
de su siesta, los círculos se alzan 

triunfantes y se reorganizan,
y lo gris es verde
y lo mate cobra vida.
Y en la loma reluce a la vista
la casa. Tan nítida.
Y pensar que no la veía...

Quizá quede...

Quizá quede una cuenca
en tu ojo compasivo, nada
que no solucione
un parche pirata de cuero marrón
que te haga recordar
que los cactus no necesitan agua.
O llenar tu jardín de pinchos
enmarcando plataneras
y granadillos. Pero si alguno florece,
feliz lo mecerás en tu regazo
y le podrás cantar una nana
que desdiga para siempre
ese absurdo refrán:
“por la pena entra la peste”.

El agua...

El agua como respuesta, 
el fuego como pregunta.
Y el aire como posibilidad.
Tan abierto, tan lejano
como el silencio
entre dos palabras.

En ese intervalo,
en esa toma de oxígeno,
en ese suspiro

todo el amor.




























Aita

Nos llevabas de la mano
por el Hernio.
Yo portaba tu cámara con reverencia
como quien lleva
el órgano más preciado para un trasplante,
mi hermana los objetivos,
tú los ojos, el trípode y el monte.

De pronto un enorme jabalí
en medio del camino,
nos dices que retrocedamos despacio,
mientras le haces frente cuando se acerca.
Se va.

Aún eras grande.

Déjame...

Déjame
morder tu aire,
embeberme de él.
Ya no me basta el mío,
no es suficiente, amor.
No existe connivencia
de mis pulmones,
se cruzan de brazos
en huelga y no quieren colaborar.
Aspirar tu tierra,
la que tú eres.
Permite que me clave
en ti, no como estaca
ni como puñal,
clavarme en ti como recuerdo,
como ausente presencia,
como ardor de brisa,
ser caricia de mil manos
que te saben,
todas aquellas que la memoria
recuerda, que te conocen
de antes,
de tan antes...
todas las manos que fuimos,
las que seremos.

Transige, concede, autorízame
                                               amor.

Mi falda

No puede darse más de sí
aunque quisiera.
Y a veces se enreda
cuando siento que algo, alguien,
la pisa, me detiene.
Trato con sumo cuidado
de tirar del tejido
para que no adviertas
que no puedo avanzar.

Quizá sería mejor hacerla trapos,
-qué sé yo- vestidos para la muñeca.
O envolver con este
pedazo de tela las tristes almas
que amó, que hundieron en mí un día
su huella,
para que sepan que mientras siga caminando,
no admito sobre mi piel
tejidos de sudarios.




¿Y si...?

¿Y si nos eligen
y saben dónde
y con quién?
¿Y si nada es casual?
¿Y si piden permiso?
¿Y si sueñan los sueños
que soñamos?

Mi voz apenas se escucha, 
pero a ti te llamaba 
a gritos.




Con qué esmero...

Con que esmero cuidabas tus plantas:
su posición para recibir al sol,
el agua que precisaban,
las caricias a los pétalos de una triste flor...
Y a mí como a un pulgón
de alguno de tus rododendros
me enviabas al cuarto oscuro,
no sin antes vendar mis ojos
y atar mis manos.

Y tanteaba allá adentro:
cuánto hilo será necesario
para hilvanar las grietas,
cuánta tinta para limpiar.