POÉTICA O VIDA

 

1.-

No quise dar el barniz 

sin llegar a la médula.

Pequeña, insegura

                            y temblando.


De nada sirvió la cota de malla...

menos, las puntas de flecha.


Cuántos versos nacieron 

sin vocación. 


2.-


Haces figuras con la servilleta, 

y modelas la tela entre las manos:

contrayéndola, estirándola.


Y piensas en la palabra 

como en un ave sin huesos:

que esconde bajo sus alas 

esta realidad,


que muestra tras su vuelo otra que tiembla. 


Nos separan el mar y la peste. 

Es justo que algo así sucediera: 

maestros en ensalzar la magnitud 

de un deseo que se expande 

más y más ante las dificultades.

Creo, amor, que esto no nos va a parar: 

la enorme piedra que se interpuso, 

dará vigor a una raíz 

que seguirá creciendo y abriéndose 

paso a través del tiempo.

Y florecerá decidida, tercamente hermosa. 

Te extraño tanto, mi pequeño pájaro: 

¿dónde está la voz que me dio la vida, 

el tallo invisible que me entregabas

cada noche para amar la soledad? 

El sonido


Se desplazará a través del agua 

en las lágrimas de un niño, 

a través de los mares del mundo, 

del aire que irá a mecer las hojas

y de la madera de los bosques 

adonde irán los hombres perdidos.

Si en el vacío no puede viajar,

¿qué decir del eco que persiste 

en el hueco? 

Escuchar el sonido de otros 

que viajan después de haber sido: 

sin lluvia que lo transporte,

madera que lo aísle, 

aire que lo impulse 

o viento que lo arranque.

El milagro que contradice 

todas las leyes de la física. 


Era como tú, niña de piedra.

Me encomendaba a los dioses 

protegida por un libro. 

Y como los primeros hombres,

buscaba señales en el cielo, 

en la lluvia.

Mi pelo era oscuro como el tuyo

y mi mirada, un ángulo torcido 

entre el infinito y la nada. 





Dialéctica

 

Rescatar: acción de liberar.  

Del latín re captare: coger, 

volver a tomar. 

Sólo el amor como sujeto 

evitará la colisión. 


Llegan a las playas de la isla 
y corren a través de la arena 
a la tierra prometida. 
Late fuerte la esperanza 
en la sien de una mujer joven
de nudillos muy blancos 
que dejan una gran marca 
en el brazo de una niña. 
Vienen hombres que gritan
palabras que ella no entiende, 
no la dejan avanzar, la rodean. 
La sangre circula más lenta, 
los nudillos se vuelven grises. 
La promesa se coagula. 
Le tomo fotografías a lo que no puedo poseer. 
James Clifford


Los observo en la esquina del banco
mirando cómo se pone el telón naranja
sobre el manto tranquilo del mar.
Parece un amor sin sobresaltos,
un amor donde la llama no se arrebata,
parecen saber estar, así, sin más.
Y algo me sube por dentro: 
una mezcla de envidia y de fe.
Un ordinario amor tan extraordinario.
Dudo si mostrarles la imagen, 
mejor me voy sin molestar. 



Una vida oculta tan cerca
que transcurre en un no tiempo,
donde el mundo se aquieta 
con los ojos en un punto fijo, 
inmóviles, las trompas 
con sus tímpanos cegadas 
a toda luz y las almas 
asidas a una pluma
que escribe tantas crónicas.
                    Tantos diarios.
No hay espacio que no recorras, 
ni filo al que no te atrevas, 
ni camino ni mar ni río, 
que no cruces junto a mí. 
Esta soledad que me acompaña,
esta luz que me lleva. 
No sucumbí al discreto encanto 
de la vida conyugal,
a los trabajos de oficina de ocho a tres,
a pensar idéntico, a reír igual, 
a las normas de conducta para encajar,
a vestir la misma seda, 
a sembrar la misma planta 
una y otra vez...
El deseo me convirtió en modista 
que siguió fielmente las instrucciones 
del patrón que confeccionaron  
mis sueños.

Y pateé los brazos a la pesadilla 
para que no empuñara sus tijeras.




Amo la vida plenamente:

es uno de los mantras eneasílabos

que repito novecientas veces

antes de dormir.

Copia en la pizarra  como castigo

por tapar tus ojos con las alas:

Amo la vida plenamente.

Amo la vida plenamente.

Amo la vida plenamente.
Me llevo el gesto:
en las manos de mi madre
sujetando mi cabeza
cuando me quedaba dormida en el coche;
en los dedos de mis hijos agarrando
fuertemente los míos;
en los aleteos de mi amante
sobre mi vientre y un palmo más abajo;
en los ojos y sus miradas
no ratificadas ni contradichas
por bocas falsas;
en la inquieta calma de los silencios;
en la ausencia que me acompañó
desde el inicio y en la presencia
que me dejó más allá.

Podría ser que sólo buscara

hacer una balanza donde fijar la memoria:

apartar de la realidad 

parte de su gran masa gravitatoria 

y volcarla en el platillo

donde los sueños tan ligeros 

adquiriesen gravedad. 


Parece una broma de mal gusto,

una película donde de pronto

todos mis miedos son protagonistas

de una intempestiva realidad.

Vivo dentro de un sueño que temía...

donde la pesadilla ha terminado.

Cruel destino el de la gallina ponedora:

paciente dará calor una y otra vez

a un huevo que le será robado.

Sin gallo al que adorar,

sin polluelo al que cuidar.

Es menos triste el destino de la araña

que vive en la esquina del techo 

junto a un ventanal.

Para Analía


Quise hacer más por ti
o quizá por mí: dándote me daba.
Te previne de mis egoístas razones.
Y saliste de tu casa despavorida,
por los golpes más allá de la piel,
con tus hijas al parque en mitad
de la noche, donde los columpios
son murciélagos que penden
de los techos en sus lúgubres cuevas.
Quise que ellas supieran
que, además de esas danzas macabras,
existen otras danzas,
donde la luz inunda todo el espacio,
donde los pasos son la música
para el que no puede oír,
donde los ojos amantes explican,
sin ruido, el milagro de ser.

No sé por qué nos caimos

y fuimos a dar

con nuestros huesos aquí.

Y la memoria del descenso

con los ojos vueltos hacia fuera,

ahora que regresan hacia dentro:

porque tanto saben,

porque tanto ignoran.

Sube conmigo a la rueda del tiempo:
¿ves a esos dos niños
que se empujan en el tobogán
a la salida del laberinto
o en la orilla de la playa jugando
a despistar a las olas?

Que gire un poco la rueda
hasta esa cafetería del Hotel Europa,
donde dos cuerpos dormidos
piden la cuenta del café en la barra
y salen por la misma puerta giratoria...

Qué cercana ayer la materia,
qué próxima hoy el alma.

Eclipse solar



Me abracé como pude a un sueño

y asida a él, podía adentrarme

más y más en la oscuridad.

Porque sabía que el anillo

que la circundaba era de luz.

Y en ese contraste, la compasión

abrazaba con fiera ternura

toda la culpa.

Como en mi vieja caja de hojalata
con mujeres de Mucha,
tengo un reducto, un lugar
donde guardo lo esencial.
Son instantes donde me he detenido
a mirar tan profundamente al otro
que soy el otro:
el portero que entrega la carta a la vecina,
la vecina que la coge emocionada,
el perro que ladra a sus pies,
la niña que lo reprende,
el padre que la toma en sus brazos,
la puerta que se cierra,
los zapatos en el rellano,
el portero que se aleja...
En ese no lugar sin pretérito, sin futuro
puede que habite lo sagrado.

Quiero que alguien me llame amor,
que cubra mi cuerpo de besos
como ramas.

Ya no bastan las palabras
para transvasar el líquido,
para aspirar el aroma.

Dime: ¿qué textura y olor tienen
la savia de un cedro?

Podrás decir espeso, dulce,  amargo
o quizá podrás hacer como aquellos
que ceremoniosamente dan vueltas
a una copa de vino antes de probarla
y después hablan y hablan y hablan...

Mientras, la cena se enfría y el árbol
se deshoja.

Hay un cruce de sueños

que nace de una vida infinita:

telúricos y difusos

con un principio y un fin.

Hay umbrales de espacio

y fronteras de tiempo.

Límites geográficos y soles

que marcan los días y lunas

que marcan las noches.

Y los trozos dispersos de una sola

consciencia experimentan allí-aquí-

el milagro de ser.

No lo fuerzo para que no te vayas:

unas manos en la barandilla

con sus nudos, con sus púrpuras ríos,

una nube escupiendo lunas,

la piedra que tropieza con mis pies

y al mirarla me sonríes desde el suelo.

Apareces sin conjuros, desvío la atención,

y de pronto el grito con tu nombre

de un niño, unos versos que se cuelan,

un olor a terciopelo amargo,

el signo violento y áspero:

como si yo pudiera,

como si yo supiera,

como si yo quisiera.
Me anticipé al miedo,
temiendo.
Me anticipé al fracaso, 
fracasando. 

Me pilló desprevenida, 
con el pie cambiado
nacer anticipada al sol,
a la luna, a las estrellas, 
al amor, amando. 


Los penitentes

Esos picos blancos recortados
contra el azul son hermosos.
Filos que sierran el cielo formando
cuencos vacíos, moldes perfectos.
La naturaleza sabe.

Hay otros picos negros recortados
contra el asfalto,
navajas enfurecidas que acogotan,
cuencos de desechos que tiran
de la red y la deforman.
La humanidad ignora.


Tomar distancia de aquello que duele,
añadir kilómetros y millas
entre lo amado y yo.
Que no se aprecien las lágrimas
porque entonces preguntarán:

¿Duele porque amas
o amas porque duele?

Es una pregunta fácil
para los que no se helaron
nunca en el desierto.

Era una niña poeta:

buscaba del signo la materia.

Era una niña pájaro:

sólo se dejó atravesar por el aire

y a su través extrajo el fruto.

Era una niña maga:

vio desde el inicio los fragmentos:

de lo minúsculo, lo gigante,

de lo gigante, lo pequeño.

Amó los viajes de Gulliver,

cabalgó junto a los houyhnhnms,

y desafió al dragón dándole de beber

(no le hizo falta espada).

Ahora es ya una adulta, casi vieja,

poeta, pájara y maga.

A qué viene este dolor callado,

este gemido en silencio,

a qué ese gesto de dejar caer

los rizos al suelo para mullir

el lecho de un gato...

Qué importa si no te recuerdan,

quién eres, al cabo, para ellos.

Ayer la isla se movió un poco,

danzó un instante con el mar

y hay quien vio un relámpago

de ternura, como un guiño invisible

del cielo.

Soy un puente enclenque,

un tembloroso engarce

entre dos espíritus iguales.

Y algunas noches salgo

a recoger estrellas,

que introduzco con mucho cuidado

en el vuelo de mi falda.

Tú regabas los bosques
de mañana.

Yo quitaba las malas hierbas
de ayer.

A destiempo una flor grita:
“Jardineros, erráis”.




Quise  reconstruir para ti una ciudad blanca.
Tú también la soñaste momentos antes de quedar dormido.
Pero vino el día a demoler estrellas,
quisieron alicatarla  con una argamasa de moscas,
con un cemento muy frío.
Y comenzamos a simular una especie de olvido.
No obstante, una imagen perduraba:
en un tiempo impreciso esperaba un extenso verdor,
para echar a volar, para mostrar nuestras cartas
de formas sin forma, de canto sin ruido.

Mientras todos duermen:
el gato bajo el piano,
mi hija agarrando el botón
que hace las veces de ojo de un oso,
llamado Calixto,
y mi hijo soñando con el reencuentro
de una piel que hace meses,
casi siglos, que no ve,
yo bailo y mendigo a la noche.

Creen que te conocen,
y lo peor es que les dabas valor
a los juicios desjuiciados de su espejo,
a sus celos despiadados,
a la tacha de sus plumas,
y dudabas de tu alma.
Las preguntas de una mente obsesiva
en la noche larga,
son gotas que caen
en el mismo punto exacto del cerebro:
¿tendrán razón?
¿será cierto?
Después, cuando al fin te vence
el sueño,
el agujero se recompone:
¡qué buena derrota!
¡qué dulce rendición!

Los dedos acusadores se pliegan
y se han de ir a acostar con la mugre
de un pensamiento que los mantuvo
erectos.

Desaprender



Llevo mis ojos al mar.
Y miran la línea del horizonte
que saben curva
y las sombras del océano
que saben barcos
y unas cabras danzar
que saben olas.
Quién pudiera
borrar su arrogancia
y hacerlos brotar
nuevos al mar.
Sólo así, como recién llegada
a estas aguas,
podré contemplarte.
 




Sube a mis brazos, 
se convertirán en itsmos,
improvisados puentes
sobre este océano
que cada noche 

nos separa más.  
Encarámate a ellos
como un niño audaz
que sube a la copa 
más alta del árbol. 
Ven, muerde
los cabos y llega...

a pesar de tanto aire,
a pesar de tanto risco,
a pesar de tanto mar.

Levantaré otro pilar
si se seca la montaña,
y si se cae el cielo
le cantaré a otra lluvia.
Y para sus bocas tiernas
recolectaré otros frutos
si los árboles 
aún 
me dejan.

Aquellos días lejanos

donde me dejé quemar el vestido

y corrí desnuda hacia el bosque

y me alimenté con la vista

y me bañé con las aguas del cielo

y me abrigaron los pájaros

y olvidé los conjuros con la música.

Voy a dejar que ardan todos los vestidos,

algo me dice que aquellos días regresan.

La despensa se ha quedado vacía.
Mi cuerpo comenzará a secar
poco a poco sus ramas, y el verde
de las hojas cederá el paso al ocre.
Seguiré deteniéndome en umbrales
pero mis pasos no titubearán más,
el tiempo se desinfla como un globo
al que le ha entrado aire.
Y se aleja haciendo piruetas
hasta caer en picado contra el asfalto.

Lo que se demore en avanzar la sangre bajo la uña hasta que se renueve.
Ese fue el pensamiento mágico-engañoso que me hice hace poco más de un mes, cuando cerré de un portazo la puerta sobre mi dedo.
Esto durará el encierro.
Cada mañana miro mis manos para ver la media luna oscura de mi dedo anular: aún no ha alcanzado su ecuador, el café se nos enfría,
pero la uña caerá.

Buscaré la forma de emborracharme
de libertad, levantaré los brazos
hacia el techo para decir: aquí soy,
y dará comienzo un giro de estrellas.
No me importan estas cuatro paredes
cuando siento latir la sangre
de la amazona, de la hechicera
y descubro los peces azules
bajo la almohada mientras huelo
la sorpresa del mundo, su embriaguez
con la abierta mirada de la chica
que descubre una mancha granate
en sus bragas y duda si contarlo,
o guardar para sí esta cosa extraña
de saber que es la misma y ya es distinta.

El niño de los zapatos mojados,
con brechas en las suelas, simulaba
para que no vieran en el colegio
el frío y la vergüenza de sus pies
y se erguía al salir a la pizarra,
orgulloso de conocer el nombre
de los treinta y tres reyes visigodos.
El niño con la niñera de cofia
pero sin tener acceso al pan blanco,
soñaba con los dedos apretados
para no repetir la vieja historia.
Se convirtió en marido, padre, abuelo,
pero nunca pudo templar sus pies.




Sola en esta noche
silenciosa,
rueda una lágrima
que sólo ve la luna,
tiembla y oscila
antes de caer,
llena,
sobre su pecho
que la acoge.
Hubo pechos
ajenos
donde cayeron otras
lágrimas.
Hoy basta con el suyo,
blanco y rosado
como el cuarzo,
como la luna.
Llegará un momento en el que creas que todo ha terminado. Ese será el principio.
Epícuro.

El polvo lo cubrió todo,
hasta el café sabía 
a diminutas partículas de yeso
y los pensamientos amanecieron 
enterrados bajo toneladas de algún material
poroso y blanco.
Entonces preparé otro café,
molí yo misma el grano
y un aroma a sueño limpio
inundó la cocina.
La lengua se anudó con la raíz. 
Volvió la palabra al vientre del pájaro. 

OTROS


A veces cuando la noche se abre
tomo conciencia
del abismo:
la caída repentina y abrupta
mientras el techo se retuerce
y la gravedad te hunde,
como si una manada de elefantes
decidiera hacer un descanso
entre el esternón y la espalda.
Sin oponer resistencia, inmóvil
siento el hueco tan pesado,
el vacío tan lleno...
Despeñarse sin despegarse.
El suspiro cuando todo ha acabado
es un renacimiento.
Ante mis ojos vuelve a nacer el mundo.
Pero ya son otros los ojos.
Soy otra yo.
Y es otro el mundo.




No quise que fuera
como el día
cuando se duerme
el sueño
y hace su aparición
esta pesadilla
abigarrada.
Quise que soñara
con la corriente
viva del río
aunque le faltara valor
para asomarse a su ribera.
La rabia sale de su celda 
con forma de rayo 
y conjura a la tristeza vestida de mujer 
que contempla su reflejo
en un estanque. 

Se colman las arcas vacías, 
languidecen  las llenas. 

El hombre del parque


Para E.R

Podrás engrasar ahora
todas las bicis de los niños
y vigilar para que ninguno se caiga.
Tendrás mejores vistas del tobogán
y empujarás los columpios más alto
con el impulso de la bondad,
el motor que más lejos lleva.
Cuando vuelvan esos niños,
ya adultos al parque,
sonreirán recordando al hombre
que les enseñó a atarse los cordones,
a escalar por las cuerdas
y a levantarse después de tropezar.

Veo hombres ensartados
con extraños fuelles de plástico
y pulmones de acero,
y testigos como astronautas
que han perdido su nave
de regreso...

Y veo mi alma
que sólo sueña con el viento,
con la crin de mi caballo
azotando con fuerza mi rostro
en esta primavera que estalla
en tan hermosa crueldad.

Vibra la tierra en otra onda,
pero no advertimos su música,
ocupados en correr para llegar...
¿a dónde?
Nos hicimos corredores
pero olvidamos la danza.
Oigamos la primera cadencia,
el latido del corazón
que marca el compás inicial
y tomemos un profesor de baile:
un pájaro, un pez, un caballo
que nos guíen para no pisar,
para no volver a manchar
la falda de nuestra madre.


Tu boca, dame tu boca ahora
y abre tu cuerpo sin miedo,
quiero beber de ti.

¿No ves cómo se escapa la muerte,
avergonzada?

Cierra los ojos, amor,
¿no sientes cómo la vida
nos llama?


Salgo a la terraza y tomo
el café con lluvia, 

a pequeños sorbos.
Amanezco como la isla,
entre indolente y cansada,
y me dejo mojar.
Me asomo para ver el hospital
que parece una ballena varada
en medio de una playa
e imagino a los que se ha tragado ya.
Ruego mirando hacia el cielo
para que ellos también puedan ver
las marcas de sal
que hacen juego con sus lágrimas.
Y adivinen el arco iris 

que pronto habrá de llegar.


















Hay otro puente que cruza
el mar construido
con el idioma del bosque.

Hay un mapa del silencio
que sólo se rompe para señalar
el camino donde tus manos me esperan.


No lo dudes,
hallaré el modo de subir a las alas
de esa pálida garza
que brilla esta noche de luna.

No temas por mí,
sabré distinguir de entre todas las manos,
aquellas que junto a las mías
deseen tallar la incertidumbre.

No ordenes que me encuentre,
busca el coraje
para plantear la pregunta
que aún no te formulaste.

Aceite y agua


Imploramos al destino
que agitara con fuerza
el recipiente.
El imán del agua
nada pudo contra la retama
que quedó flotando
en la superficie.



Un cuerpo que se abandona 
a los jugos de la tierra,
que se arrodilla para devorar raíces
y terminará ardiendo en una pira
de cromosomas y células.
Un cuerpo de clavículas y huesos rotundos,
de gestos elegantes y ademanes torpes,
que derrama el té de las cinco 

sobre faldas plisadas.

Pero cuando se sueña o pinta,
su imagen se evapora,
a los brazos le nacen alas que se cristalizan,
tiene angostos tobillos y unas manos
que dan de beber a animales diminutos.
Un cuerpo casi inexistente
que danza como un compás
midiendo la curva del universo.


Dos cantos de una misma roca.

Dos cantos rodados,
como los que recogía de niña
y pintaba con los colores
que ahuyentaban a los monstruos.

Dos cantos que, antes de chocar
entre sí, sufrieron alguna mella
en desagües y limaron sus bordes
con rosas.

Dos cantos que al asomarse al abismo,
se dejaron caer. 
                                         Y se vieron. 

Esperanza


La esperanza no se detiene
frente a las evidencias; las ignora.
Empujaba a aquellas mujeres,
que habían perdido a su amante
en la guerra, a acudir a su buzón
cada mañana y cada tarde,
mucho tiempo después de que hubieran recibido
el paquete con un reloj de iniciales borradas
bajo la mugre de una contienda ajena.

No sé si tuerta, si sorda, si ciega,
pero prosigue su hermoso camino,
intactos el cabello y los pasos,
ajena a todas las evidencias.


El baile de las sombras

no es más que la danza de los árboles

a contraluz de la luna.

La oscuridad da relieve a la luz,

la realza,

el vacío se hace más patente

cuanto más se llena la obra,

la belleza para aquellos,

-¿desdichados?, ¿afortunados?-,

que pueden ver el mundo sin máscaras,

se hace tan necesaria como el agua.

Me acoge la isla
diluida y borrosa,
pero igualmente mágica.
Vuelvo a Famara donde enterré
las plumas, donde escondí las alas.
Volcán de piedra negra,
luna en tierra.

Aquí estoy, aquí respiro, aquí soy.

Con incidencia


El hilo se rompió.
Me dejé olvidada
en algún lugar cercano a una playa.
Por extrañar lo que pudo haber sido,
por desear lo que nunca fue.
Las instrucciones se borraron
y la eternidad duró un instante.
Fui un cristal donde el que se mira
se refleja y dice lo que de sí mismo ve.


Se equivocaron, me dejé olvidada
y siento nostalgia. Quiero hacer
el camino de vuelta.
Necesito volver.

Los poemas envejecen mal,
con suerte, algún verso,

podrá ser rescatado. 
El cuerpo aguanta como puede
la fiebre y 
el ocaso de los huesos, 
pero salta como un resorte
para dar respuesta al abrazo 
de su hija 
y recoge la flor que le entrega
junto a un corazón de gomaespuma.

Corre a saltitos a buscar un jarrón,
después llena el vacío de besos. 
Así no podrá oxidarse el amor.
Ni dejar sucia el agua.

Nació en medio de un arbusto
entre ramas espinosas y curvas.
Entendió la rara hospitalidad
de la naturaleza, amó la noche,
los caminos infranqueables,
la lluvia que no terminaba de mojar...
Un día comprendió que debía soltarse,
el viento y las tijeras de un jardinero
la ayudaron un poco.
La flor amaba a la zarza.

La luna ilumina las cinco puntas azules 
de una estrella de mar.
Quisiera modelar su figura en la arena
y llevar la luz a tus manos.
Una pequeña brújula
con cinco puentes, con cinco ojos:
norte, sur, este, oeste
y ese otro punto algo más alejado del mundo.
El que realmente funciona 
cuando uno está perdido de verdad. 

Sabes que no aceptaría
un confesor distinto.
Me recuesto sobre tu regazo
y acaricias mi pelo,
te hablo en voz muy baja
para no interrumpir el sonido de la noche,
y escucho el roce de las alas de los grillos 
que responden como fieles mandatarios:
estridulan si debo quedarme,
enmudecen si no debo permanecer.

Alergia o Alegría


Esa r, antes de dar el salto, somete al cuerpo al error, al más fatídico: lo pone a la defensiva atacando a un enemigo que no existe y en esa lucha ficticia uno puede morir,
como un Quijote embistiendo contra gigantes de manos atroces.
El cuerpo ha declarado la guerra de forma unilateral
y, en esto, sólo manda él.
No se lo tengo en cuenta, al fin y al cabo mi alma
ha declarado el amor de la misma manera y con idéntica obstinación.
No puedo comer la fruta que amo,
pero puedo amarla hoy más que nunca
en tanto me ha sido negada.

Una mano que lame,
una lengua que toca,
un sexo que calla, 
unos párpados que encienden,
unos ojos que apagan,
unos pies que se alzan,
unas piernas que paran,
ser no sujeto a su verbo:
una piedra que canta. 

La danza de las abejas


Baila la abeja que explora,
baila para comunicarse
e indicar a la que recolecta
dónde el néctar,
dónde la flor
que podrá transformar
en miel.
Así la danza circular
que procura la musa
al poeta.


“Pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser”  K. Gibran

No estreches los surcos 

por donde debe pasar el agua. 
No importa si se desvían,
han de quedar espacios
entre los montículos de tierra
para que el fruto pueda brotar.

Tenía aletas
y tenía alas.
Pero se plantó en la orilla
dudando
si era preciso
secarlas para nadar
o mojarlas para volar.


Insaciable


Persiste el sueño
que nos sueña.
No se desperdiga
por el éter,
sigue creciendo,
quiere instalarse
en nuestras vidas
y no morir
ni cuando éstas cesen.

La soga


Es el collar más bonito
que has llevado nunca,
jamás te va a apretar,
no lo dudes,
se adaptará a tu cuello
y brillará cuando la oscuridad,
cuando los sueños se rompan.
Es el collar que buscabas,
¿no ves sus destellos?
¿no sabes mirar?
Dame la mano,
sube a la silla y salta.
El collar te salvará.

Congruente incongruencia


Iban los locos

tan seguros con su cordura

como los perros con su bozal,

sabiendo que no podían morder

porque algo se lo impedía.

Mis caderas se estrechan,
mi vientre se redondea.
El fruto que es mi cuerpo
cambia, pero no sucede nada.
Hay que volver a ajustar las cuerdas
para afinarlo, para que siga sonando.
Temía que se parara,
que dejara de bailar,
pero el río sigue su curso
al ritmo establecido.

Las nubes con forma de dragón
y la niña que se columpiaba
siguen intactas,
aunque el columpio de hierro
hace muchos cielos, muchas nubes
que se evaporó.
El amor es todo lo que hubo,
todo lo que hay, todo lo que habrá.
El tiempo es un ladrón de guante blanco
al que siempre le quedará
su gran obra pendiente.