Mi abuela viene con una bata de color rosa al salón



Nada de eso secuestró mi ser, 

te digo, sin mover la lengua, 

mientras me abrazas:

mediar entre ambiciones mediocres 

donde la gente se mata

por el destino de un ¿bien? 


La luz de tu alma resplandece 

como la de una estrella hace años muerta, 

la flor y su cáliz abierto,

el despeñadero por donde querer 

saltar.


Un mariposa de intenso azul 

abre sus alas sobre mi corazón.

El invidente y el ciego

Hay un hombre que mira a sus pies, 

Hay otro que ve más allá de sus pies.


Hay un hombre que mira dentro de sí. 


Hay otro que ve más allá de sí.


Hay un hombre que mira pero no ve,


Hay otro que no mira pero ve.

Deseando amar

 


El deseo de cultivar un jardín,

con hierbas aromáticas y flores,

choca contra la realidad 

del pulgón. 

El deseo de volar sobre las copas

de los árboles y vislumbrar 

abismos desde el cielo, 

contra la gravedad. 

¿Y el deseo de amar? 

El deseo de amar, contra todo:

pulgón, gravedad, desierto,

pero es el único que procura 

el aroma más sutil, 

el vuelo más perfecto, 

y el fuego necesario 

para que arda en llamas 

la parte más incombustible de la vida. 


Quiero decirte: amor 

y escuchar la palabra 

desde dentro de tus tímpanos, 

en tus arterias bombeadas 

por el corazón, cuando el eco

ya ha entrado en ti, 

en el instante preciso

en que su significado gana 

o pierde todo su valor.

Conocer el estallido respiratorio

que producen estas cuatro letras. 

 


Las grietas en tus manos, 

que pagan una deuda ajena, 

también se cobran su cura: 

manos hechas para amar

que amando, sanan.