Era una niña poeta:

buscaba del signo la materia.

Era una niña pájaro:

sólo se dejó atravesar por el aire

y a su través extrajo el fruto.

Era una niña maga:

vio desde el inicio los fragmentos:

de lo minúsculo, lo gigante,

de lo gigante, lo pequeño.

Amó los viajes de Gulliver,

cabalgó junto a los houyhnhnms,

y desafió al dragón dándole de beber

(no le hizo falta espada).

Ahora es ya una adulta, casi vieja,

poeta, pájara y maga.

A qué viene este dolor callado,

este gemido en silencio,

a qué ese gesto de dejar caer

los rizos al suelo para mullir

el lecho de un gato...

Qué importa si no te recuerdan,

quién eres, al cabo, para ellos.

Ayer la isla se movió un poco,

danzó un instante con el mar

y hay quien vio un relámpago

de ternura, como un guiño invisible

del cielo.

Soy un puente enclenque,

un tembloroso engarce

entre dos espíritus iguales.

Y algunas noches salgo

a recoger estrellas,

que introduzco con mucho cuidado

en el vuelo de mi falda.

Tú regabas los bosques
de mañana.

Yo quitaba las malas hierbas
de ayer.

A destiempo una flor grita:
“Jardineros, erráis”.




Quise  reconstruir para ti una ciudad blanca.
Tú también la soñaste momentos antes de quedar dormido.
Pero vino el día a demoler estrellas,
quisieron alicatarla  con una argamasa de moscas,
con un cemento muy frío.
Y comenzamos a simular una especie de olvido.
No obstante, una imagen perduraba:
en un tiempo impreciso esperaba un extenso verdor,
para echar a volar, para mostrar nuestras cartas
de formas sin forma, de canto sin ruido.

Mientras todos duermen:
el gato bajo el piano,
mi hija agarrando el botón
que hace las veces de ojo de un oso,
llamado Calixto,
y mi hijo soñando con el reencuentro
de una piel que hace meses,
casi siglos, que no ve,
yo bailo y mendigo a la noche.

Creen que te conocen,
y lo peor es que les dabas valor
a los juicios desjuiciados de su espejo,
a sus celos despiadados,
a la tacha de sus plumas,
y dudabas de tu alma.
Las preguntas de una mente obsesiva
en la noche larga,
son gotas que caen
en el mismo punto exacto del cerebro:
¿tendrán razón?
¿será cierto?
Después, cuando al fin te vence
el sueño,
el agujero se recompone:
¡qué buena derrota!
¡qué dulce rendición!

Los dedos acusadores se pliegan
y se han de ir a acostar con la mugre
de un pensamiento que los mantuvo
erectos.

Desaprender



Llevo mis ojos al mar.
Y miran la línea del horizonte
que saben curva
y las sombras del océano
que saben barcos
y unas cabras danzar
que saben olas.
Quién pudiera
borrar su arrogancia
y hacerlos brotar
nuevos al mar.
Sólo así, como recién llegada
a estas aguas,
podré contemplarte.