Veo hombres ensartados
con extraños fuelles de plástico
y pulmones de acero,
y testigos como astronautas
que han perdido su nave
de regreso...

Y veo mi alma
que sólo sueña con el viento,
con la crin de mi caballo
azotando con fuerza mi rostro
en esta primavera que estalla
en tan hermosa crueldad.

Vibra la tierra en otra onda,
pero no advertimos su música,
ocupados en correr para llegar...
¿a dónde?
Nos hicimos corredores
pero olvidamos la danza.
Oigamos la primera cadencia,
el latido del corazón
que marca el compás inicial
y tomemos un profesor de baile:
un pájaro, un pez, un caballo
que nos guíen para no pisar,
para no volver a manchar
la falda de nuestra madre.


Tu boca, dame tu boca ahora
y abre tu cuerpo sin miedo,
quiero beber de ti.

¿No ves cómo se escapa la muerte,
avergonzada?

Cierra los ojos, amor,
¿no sientes cómo la vida
nos llama?


Salgo a la terraza y tomo
el café con lluvia, 

a pequeños sorbos.
Amanezco como la isla,
entre indolente y cansada,
y me dejo mojar.
Me asomo para ver el hospital
que parece una ballena varada
en medio de una playa
e imagino a los que se ha tragado ya.
Ruego mirando hacia el cielo
para que ellos también puedan ver
las marcas de sal
que hacen juego con sus lágrimas.
Y adivinen el arco iris 

que pronto habrá de llegar.


















Hay otro puente que cruza
el mar construido
con el idioma del bosque.

Hay un mapa del silencio
que sólo se rompe para señalar
el camino donde tus manos me esperan.


No lo dudes,
hallaré el modo de subir a las alas
de esa pálida garza
que brilla esta noche de luna.

No temas por mí,
sabré distinguir de entre todas las manos,
aquellas que junto a las mías
deseen tallar la incertidumbre.

No ordenes que me encuentre,
busca el coraje
para plantear la pregunta
que aún no te formulaste.

Aceite y agua


Imploramos al destino
que agitara con fuerza
el recipiente.
El imán del agua
nada pudo contra la retama
que quedó flotando
en la superficie.



Un cuerpo que se abandona 
a los jugos de la tierra,
que se arrodilla para devorar raíces
y terminará ardiendo en una pira
de cromosomas y células.
Un cuerpo de clavículas y huesos rotundos,
de gestos elegantes y ademanes torpes,
que derrama el té de las cinco 

sobre faldas plisadas.

Pero cuando se sueña o pinta,
su imagen se evapora,
a los brazos le nacen alas que se cristalizan,
tiene angostos tobillos y unas manos
que dan de beber a animales diminutos.
Un cuerpo casi inexistente
que danza como un compás
midiendo la curva del universo.


Dos cantos de una misma roca.

Dos cantos rodados,
como los que recogía de niña
y pintaba con los colores
que ahuyentaban a los monstruos.

Dos cantos que, antes de chocar
entre sí, sufrieron alguna mella
en desagües y limaron sus bordes
con rosas.

Dos cantos que al asomarse al abismo,
se dejaron caer. 
                                         Y se vieron. 

Esperanza


La esperanza no se detiene
frente a las evidencias; las ignora.
Empujaba a aquellas mujeres,
que habían perdido a su amante
en la guerra, a acudir a su buzón
cada mañana y cada tarde,
mucho tiempo después de que hubieran recibido
el paquete con un reloj de iniciales borradas
bajo la mugre de una contienda ajena.

No sé si tuerta, si sorda, si ciega,
pero prosigue su hermoso camino,
intactos el cabello y los pasos,
ajena a todas las evidencias.