¿Por qué me meciste

si no te lo pedí?

El alma solitaria no busca 


impulso para saltar:


sobrevive desde antes 


de siempre.


¿Ahora, si ya no me sirve el aire?


Cómo explicarte las hojas de otoño

que alfombran las pies de los niños

y cubren los cuerpos de los amantes; 

la risa del bosque, los gemidos ocres. 

Y vislumbrar un anfiteatro de sabios 

que mueven sus brazos desnudos 

aplaudiendo este estallido de vida. 

Mi madre tenía los dedos muy  largos, de uñas cuadradas y blancas: manos de pianista, decía.

Se quejaba de tener que enfundarlas en guantes de vinilo para las probetas y cristales donde se hacían los cultivos de heces, tejidos  y demás miserias de la naturaleza humana. 

Abría las pequeñas neveras y tintaba las soluciones de rojo y de azul moviendo un cristal sobre otro, acto seguido los  introducía en un microscopio y se hacía la magia:

¿Mira, ves las mitocondrias en zig zag, 

los ribosomas? 

Pequeños hombrecitos sobre  un cráter lunar daban saltos bajo un prisma. 

Miraba  su espalda curvada sobre la mesa y esos dedos milagro, sin atreverme a decir que sus manos eran mucho más que un simple adorno. 

Los besos que no damos; 

¿se disecarán sobre el éter

o caerán sobre el asfalto gris, 

como la pluma más bella 

de un pájaro? 

Los cuerpos que no amamos; 

¿extrañarán el abrazo 

como duelen los dedos  

al que perdió la mano? 

La vida que no vivimos;

¿proseguirá su curso en otro espacio, 

donde todos los besos serán dados,

el manco tocará con maestría 

su piano y en las noches frías 

se prenderán todas las hogueras 

con las llamas de los sueños 

olvidados?

Los propósitos inconscientes; 

¿vuelan simultáneos y conscientes 

a la trama de la vida?

Vals

Un amor a tres tiempos
como en una pieza de vals 
de comienzo lento e indeciso, 
donde eran viejas las preguntas 
y las respuestas tan nuevas. 

Fue deshaciéndose la madeja,
los pies acompasados 
a un ritmo ágil, decidido
de espaciadas preguntas 
y respuestas más viejas. 

El ovillo se quedó sin ropaje
y los pies giraban por inercia:
ritmo vertiginoso, las estrellas 
se disolvían. 
Nos quedamos sin respuestas 
y murieron las preguntas.

“...oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.” Marina Tsvetaeva


Lo supe desde el principio, tú:

la única luz 

que mi oscuridad necesita 

para despertar de este letargo, 

enfrentada a tus ojos 

abriré los míos. 

Sólo eso pido: un instante 

para que mi corazón 

toque el tuyo.

La niña ulula tras el cristal, 

hace juegos malabares en una red

y da pequeños saltos sobre las líneas

por si su madre, por si su hermana. 


La mujer construye el puzzle 

y escribe en el umbral de un sueño, 

cree haber visto ángeles en los ojos 

de sus hijos y dibuja una espiral 

sin antes, sin ahora, sin después. 


La anciana espera, observa, calla.