Digo la verdad a todas tus preguntas
como un testigo en un sumario
después del juramento.
La verdad mirándote a los ojos:
sí y no,
la verdad concisa,
sin quizá, sin no sé,
y a cada respuesta siento
como retuerzo el puñal,
superficie de agujeros el pecho,
y quiero salir de ahí
pero prosigues y observo
la sangre corriendo por mi cuerpo,
bajando hasta los pies.

Dices que me admiras.
Y yo te veo por primera vez.


Hijos, no quise anticiparme
a la vendimia 

ni negociar el fruto
sin pedir permiso al árbol,
tampoco necesité mostrarlo. 

Fue suficiente
dejarme acariciar 

por unas pocas flores 
que brotaron de sus hojas. 
Yo no supe vender el árbol.

Me vine muy lejos
siguiendo las instrucciones
de un viejo en la segunda farola
del puente del Kursaal.

Yo cantaba llorando
o lloraba cantando,
él sostuvo mi mano
y me dijo:
“al sol todo se cura mejor”.
Pero no entendí la metáfora.


Elegí una isla para mi soledad
y a medida que esta crece
la otra mengua, se achica
acotada por el mar.

Los amantes


Caminan ajenos al mundo,
remetidos por dentro del otro
sin poder descoserse el alma.
Bajo sus frentes bailan estrellas
que sobresalen de cuatro cielos 

nocturnos y despejados,
sus cuerpos de miembros agónicos
dependen ahora de otros vasos
que transportan la sangre
de un corazón extraño.
Recien llegados de ellos,
recién nacidos

se devoran,
se inauguran

                     invictos.



























Es un mundo extraño este donde no encuentro mi sitio, la torpeza y el descalabro son el pan de cada día y el encanto y el asombro el elixir de algunas noches. 
No es tanto el amor a los números, sino más bien un conjuro para tocar el suelo, pero en ocasiones los antídotos se vuelven más fuertes que la enfermedad y habré de vivir sin ellos.
Aunque me olvide la compra sobre el techo del coche y arranque y oiga un estrépito de huevos al chocar contra el suelo, y pierda las llaves y la cartera y los papeles y la cabeza.

Y crea que el malvado no nació así
y el desconfiado tuvo sus motivos
y el envidioso un mal reparto en sus cartas
y el enojado poco líquido amniótico
y el tramposo un mal maestro...
siempre llegará la noche
y podré asomarme al balcón
de cortinas abiertas y soñar
que es posible, que aún es posible
vivir.
Me dices que estoy enamorada 
de algo que no existe,
que habito un país disperso
lleno de fantasía,
que navego en un barco sin rumbo
mecido por la marea 

de un corazón obstinado y rebelde.
Me dices que no sé nada,
que los colores no existen más allá de los ojos,
que los ciegos no pueden ver,
ni imaginar el rojo si nunca han visto
como arde la llama, como se pone el sol,
me dices que regrese, que vuelva...

Mas yo creo que estoy regresando
a lo que siempre he sido.
Vuelvo a lo que soy:
inconcreta, inexacta, imperfecta,
pero libre.





Preludio de la noche
agonizante, dividida en dos:
inmateria y carne.

Se desploman todas las vigas
y camino hacia el miedo:
ven, aquí estoy.

Alguien toma mi mano.
La trama se deshace.





El grabador


Me ofrecí a ti como nunca
lo hice antes:
sin piel,
sin ojos,
sin manos,
sin extremidades.
Hacías incisiones
sobre un relieve
cuya matriz
sólo tú conocías.
Has grabado tu voz en ella.

Crear un espacio que no existe
más allá de tu propia existencia,
limpiarlo de polvo y paja,
llenarlo de deseo y ausencia.

Ese lugar donde no estás
es a donde me dirijo.

Más allá de ti dejarán de ser
todos esos lugares
que no existen,
pero que llamabas y eran.
Hoy soñé que era poeta
como quien sueña que hace
una visita a la luna,
sorprendida de tener el don
de ingravidez,
de poder hablar en el idioma
de un pájaro extraño,
y visitaba mi cuerpo
dormido en la cama
que sonreía ligeramente
viéndome/ viéndose flotar.
Quise decir al habitante de ese
mi cuerpo que todo estaba bien.
Ahora sé que me oyó:
fluyo en un papel aunque la tinta
termine borrándose...

Todo está muy bien.
Triste oasis seco
para los que vienen buscando
un brote de sonrisa
en el centro de esta soledad
tan amplia.
Lamentos como jirones de arena
cayendo del techo
de una carpa de circo
que alguien dejó abandonada
en mitad del desierto.

Hoy sólo siento círculos
en mi espalda,
pequeñas redondas caricias
que nacen de tus uñas
cuadradas.
Así me dormiré hoy:
jugando a adivinar
qué me dicen tus yemas.
Casi siempre
palabras sencillas
y cortas.
Acabas de verla y me has visto,
llena como tú de amor
y nadamos juntos a ella.
La luz que derrama sobre nuestros
cuerpos, el tuyo en mí
y tú vacío de ti conmigo,
el mío en ti y yo vacía de mi
contigo. Pero siendo 
más nosotros 
que nunca.
Recuerda: un día te daré algo
de ti que olvidaste en mí.
Tú harás lo propio conmigo.
Y ya no seremos dos.