Sabía que eras tú, 

aunque tus ojos no eran tus ojos, 

ni tus manos 

se parecían a tus manos, 

ni la sonrisa,

ni los gestos, 

ni la posición de tu columna 

erguida sobre una silla de otra época, 

Sin embargo, sí era el amor la causa 

de que, no siendo tú, te aparecieras 

tú de nuevo en mis sueños. 


Quiere salir por el hueco de la madriguera, 

pero se confunde, da vueltas 

y choca: siempre choca. 


El topo no sabe

que está en la superficie

envuelto en la más tenebrosa claridad. 

 


Parece que también las piedras hablan

y se quejan de mis paseos

junto al río y lloran

cuando la luna las alumbra 

porque sienten el peso 

de una soledad que tanto 

aúlla tu ausencia. 

Es la misma luna, la misma sombra, 

las mismas piedras que dejé en la isla. 

La misma soledad viajera. 

La luz perfora la piedra

Alta me quieres, 

sin doblegar el cuello. 

Alta te espero: 

fue necesaria la llama 

de un obstinado soplete 

que desoyó la advertencia 

de nunca confiar el fuego al acero. 

 


No se puede hacer almíbar

con la sangre: es densa 

y el azúcar hace grumos.


Podemos mirarla de frente 

y al trasluz, para que nos diga, 

sin edulcorar, el origen 

de su roja negrura. 


Y quizá, a través de la palabra,

como la sangre del pez hielo, 

que sólo sobrevive en heladas aguas, 

se convierta en transparente.