Viajero


Llevo en las costuras un viajero
que me alienta en los umbrales.
Juega conmigo algunas noches
y se despista en los caminos.
No quiere que tema a nada,
pero él también se asusta:
con los caballos un poco,
con el amor, mucho.


Se van los pescadores
con las manos vacías,
ni un pez ni una perla
que llevar a sus casas.


Se van los pescadores 
con las manos ya llenas, 
iluminados por la luz 
de esta tarde, sonríen.


Abrimos puerta a puerta
todas las habitaciones.
La casa fue tomada
por pájaros azules
que parecían no necesitar de aire,
como si quisieran naufragar
en un fondo impenetrable
sin bronquios, pero con suficiente
amor en los pulmones.
Y huesos, en lugar de espinas.


¿De qué llanto esta lluvia,
de qué puertas cerradas,
de qué tiempo?
¿De qué “yo” esta voz?
Si la palabra que busco
                                              se esconde,
aunque abra todas las puertas...
¿Tras qué velo agazapada?
Quizá sólo en la blancura final,
la respuesta.


Aún puedo saltar y esparcir

semillas por el aire con aroma

a hogaza tostada,

enredarme en el tronco amigo

y penetrar sus raíces

de genealogías invisibles.

Ayudé a cruzar al miedo,

aunque el semáforo se puso en ámbar.

No cuenta si lo cuentas


No cuentes el deseo
que has pedido a la pluma
que sobrevuela de una mano a otra,
tampoco el que repites
a esa estrella fugaz.
Que adivinen lo que guardas: 

ese misterio que la noche bombea.


Lo que yo señalaba no existía,
lo que me señalaba
me borraba para existir.
Quise que alguien me viera
sin tratar de diluirme en agua.
Pero no lo supe explicar.


Ha de entrar la palabra en ti
serena como el arrullo de un río
que avanza con sus delicadas aguas,
y dejar que se moje en ellas,
y siga sumisa su caudal: 

meciéndose,
volteándose, 

dejándose hacer.
Y se seque al sol sobre una piedra
que frena de pronto su viaje.
Y pase
 la noche a la intemperie.

Escúchala ahora.
Tal vez ya esté lista para hablar.


Has asustado a los peces
con una furibunda red,
al caracol le has puesto
una espiga muy alta y muy fina,
los ciervos se han vuelto ciegos
y no encuentran su hogar.

Y todo esto mientras masticas,
con las botas sobre la mesa,
un crujiente poder.

Ovíparos



La araña deshizo la casa,
masticó la red
empezando por la esquina.
Se enredó en la arquitectura,
pero logró salvar sus patas.
Cuando al fin llegó al centro
y el entramado era un vómito
de seda 
en el suelo, 
                                           saltó.


No puedo leer mis versos.
A penas un hilo de voz
sale de mi garganta.
Un hilo rojo,
                    un hilo ronco.


Mi universo no ha de ser
como el tuyo,
qué aburrido sería aspirar
la misma fragancia.
Para ti es almizcle y así está bien,
para mí, vainilla con bergamota.

Y lo que tú ves, cuéntame:
¿Es una cuerda aquello que tiembla
entre el cielo y el mar?
¿Es el suspiro por el que suben
sirenas a cuchichear a los ángeles
en medio de la noche,
o son escalones por donde estos bajan
para indicarnos las dichas
que no tenemos tiempo de contemplar?

Cuéntame a qué huele el amor,
a qué el miedo y las dudas.
Quiero ver desde tu allá.

Llegando


Estoy haciendo limpieza de la casa,
se han acumulado mis muertes
y necesito espacio para mis vidas.
Despejo con blanco el gris
y subo al Roque Nublo
con el collar y la pluma.
No me paro en los umbrales
ni cuento las águilas
que me acompañan, los pies
no discuten con las botas,
y no se desglosan las cuentas.
Mi cuerpo está ágil todavía,
mis brazos se alzan, mis piernas
empujan y el viento, por fin amable, 

me anima entre codesos y salvias. 
Adivino la sonrisa de mis fantasmas
y comienzo a reír;
tímidamente al principio,
después a carcajadas.



Hospital


En una sala de espera,
en medio de un enorme pasillo
con aviso de radiación,
pasan camillas con suspiros
arrebujados bajo las sábanas
y mirada remota.
Pido a Dios que sea un regidor
más amable, que les envíe un guiño,
que levante esas ruedas,
que cambie el decorado...

Se abre una puerta y sale
una hermosa Madona,
con la cabeza rapada.
Me sonríe y siento el abrazo
de lejos. Y todo cambia.

Conocimiento


Hundo con fuerza el dedo
en la orilla y se dibuja alrededor 

de la yema un círculo 
de arena más clara.
A mayor presión más se esparce
el círculo.
Y más y más. 

Implacable árbitro


Nada sabe nadie,
nadie sabe nada,
todo fue dicho,
dicho fue todo,
ayer ya pasó,
ya pasó ayer.

Pero queda hoy.
Para decir,
para aprender,
para querer,
para sentir.

Ya dije hoy.
Hoy fue dicho.
En el ring
ayer y hoy.
Vencidos sin izarse
tras contar diez.

¿Quién?







Sube por el acantilado sin prisa
la noche oscura que dice lo que callo.
No la aliento para que avance,
prefiero que se entretenga con cosas
que ya han ido cayendo:
lenguas vacías que dijeron,
monedas de oro manchadas,
sumas incompletas y restas imposibles,
amores fracasados. 
Me alejo del abismo a cantar
en la playa de piedra.

Llevé la nave como pude,
haciendo equilibrio entre la gravedad
de las rocas y la liviandad del cielo.
Era mi responsabilidad cuidarla
y conocer sus tiempos:
dejarla mecerse pero también luchar.
Me llevó muchas vidas saber
que las mareas engañan.
Arriesgué mi nave creyéndola inmortal.


Imagino ahora todas tus renuncias mientras mirabas ausente tus cuadros, tus evasivas respuestas a mis eternas preguntas: ¿la flor es flor por sus pétalos?, ¿es su imagen lo que traes al lienzo?
Y tu posterior silencio o tus respuestas- pregunta: ¿es profundo el mar cuando es oscuro o es oscuro debido a su profundidad?
Ahora ya no estás pero me llega nítida la respuesta:
pinto la flor para que la huelas.

Se ha quemado la muñeca,
la acerqué demasiado al fuego
y ahora no puede escribir
porque es diestra por imperativo.
¡Escribe!, ordeno a la muñeca
pero ella se niega a obedecer.
Y se vuelve de arena para dormir
junto al mar y, hecha de granos
disuelta en la orilla, siente
la acometida de las olas
y el vaivén de una música
que nada ordena,
esa sí la invita a cantar.


CONVERSIÓN


Podría convertirme en camaleón 

y mudar de piel según las circunstancias,
pero...¿
cuáles son las circunstancias? 
O podría esconderme para no decir al mundo 
cómo soy, para que no vean 
las profundas grietas.
Antes también me amaron
tal y cómo soy, 

para convertirlo en tal y cómo era.
Un conejillo de indias,
un caballo salvaje domesticado,
un molde perfecto para amasar
y luego poder decirse:
el poder del amor hizo el resto.



Juan Palomo...


Eres pez que por la boca muere
y ratón que muerde el queso.
Eres anzuelo
y la boca que lo asesina.
El queso que desea
y la trampa que lo degüella.

Vine a este lugar a desmembrarme
como hacen algunos peces
cuando tanto mar ahoga;
buscan entre las rocas escondidas
vestiduras nuevas.
Y se lanzan a la orilla a capturar
deseos que lanzan los niños
en botellas imaginarias.
Ahí llega una niña con una trenza muy larga
con ojos como preguntas
y manos como desiertos de piedra.
Y me ve y sonríe como si supiera,
como si comprendiera...

UNA VEZ FUI TODOS LOS ANIMALES


Tenían que haber sido tres,
pero son dos.
Hablo con el del medio
de cuando en cuando.
Invento cuentos de polillas
y de arañas, de libélulas
que consiguen
elevar su pesado cuerpo
con tan frágiles alas,
de ángeles que flotan
junto a nosotros y pregunto
por los que están más allá.

Nunca terminé tu carta
pero todas empiezan igual:
una vez fui todos los animales...

La cajita de música


Claro que fueron vistos,
en otro lugar y en otro tiempo.
La savia de las estrellas
encuentra la forma de traer
su música, imperceptible
para el resto. 

Sólo ellos tienen la manivela
para hacerla sonar. 

Soy el aleteo del insecto
cerca de la lámpara de esta mesita,
y soy el silencio al posarse sobre la luz,
y soy noche.
Un vaho en el aire
que se abisma en esta casa.
La casa que está en este valle.
El valle que está en esta isla.
La isla que está en este mar...

No era audacia, eran ganas,
o el menos común de los sentidos
que me llevaban una y otra vez
a ti, cada vez más desnuda,
con menos lastre que arrojar.

Era tarde, demasiados inviernos
habían deshojado ya al árbol
y el halcón volaba con pocas plumas,
pero sabiendo que sólo aquel,
el más desnudo, le daría cobijo.

¿Cómo no amarte?

Si estás delante de cada cosa,
detrás de cada olor,
encima de mis sueños,
debajo de mi cuerpo,
sobre los tejados,
dentro de mis pasos,
cerca de mis manos,
lejos de mis miedos,
junto a mis recuerdos
conmigo, pero sin mí
encima, debajo, delante, detrás,
dentro. Tan dentro.
De todo lo que es bello.






No quiero ser representada. Que nadie hable en mi nombre si aún no he decidido cuál es.
Todavía sigo buscándolo.
No quiero una compasión que sólo busca aliados a una perversa causa ni ser parte de una manada que vocifera.
Que venga el lobo. También llevo su sangre. La que no está manchada por una humanidad que aún mata agrupada en torno a un pensamiento del que la piedad es sólo la punta de una flecha.
Amo a la mujer que aún no mató a su animal.

Subida a un árbol o bajo su sombra
hacía un anillo con el índice y el pulgar
hasta tocar la lengua e invocaba
con fuerza a la tiniebla.
Llegaron primero unos con antorchas
y manos prestas para el abrazo;
corderos de ojos mansos. Los rechacé.
Entonces vinieron otros envueltos
en oscuridad con un hambre de siglos;
lobos de ojos vueltos
y garras prestas para el asalto.

Abrí mi vientre. Les mostré

mis dulcísimas vísceras. No me equivoqué.

Seguís en la rueda
sin contradecir, contravenir,
contra sentir.

¿Cómo desobstruir las aguas
con pusilánimes ofrendas,
y los pies manchados
de escarcha y orín?

De nada sirve la piedad
de fariseos y mercaderes.

Caleidoscopio


Miro a través del tubo 

el prisma triangular 
donde fui volcando, 
una a una,
todas mis obsesiones.
Tal vez fue cobardía

pero quise estudiarlas 
bajo una luz 
que las ajusticiara 
con mayor benevolencia. 

Pagué verso a verso todas las culpas.



Besas con tus ojos mis palabras
y apresas un rizo que el viento
desplaza hasta tu frente, 

mientras paseo sin mí por estas calles
pero contigo que me escuchas,
y miro a través de ti el muelle
y se moja tu cuerpo con la lluvia,
pero están mis manos húmedas
o son las tuyas...
Me vuelvo como quien gira rápido
la cabeza para no salir en la foto,
no vaya a percibir el resto
por qué los fantasmas no salen
en las imágenes, y corro o corres tú,
y llego o llegas tú, y lloro. Lloramos.
Ambos.


Nos dan un ovillo: una hebra de lana
que dejamos morir en una mano
para hacerla nacer en la otra.
Pero ocurre que desovillando
nos perdemos, y se forma una maraña
sin principio ni final. 

Ahí, en ocasiones, el hallazgo.

Me lo llevo conmigo casi traslúcido,
pero latiendo,
casi transparente por las pisadas
que han borrado todas sus huellas,
pero latiendo,
caliente y un poco rojo como la parte
más expuesta de la mejilla,
ahí donde ha sido abofeteada,
pero latiendo,
silencioso como el niño que ha visto
los efectos de un bombardeo en su propia casa,
pero latiendo.

Casi traslúcido, casi trasparente,
caliente y un poco rojo, silencioso,
pero vivo.



Cábalas


La ingeniería no sirve
para descubrir los vanos
de este puente, las vigas
necesarias para trasladar
el sueño a la palabra. 


Es vana la razón.

El brocal tampoco alcanza.
Es otro el soporte. 

Y se escapa.

El brote de la hoja
avanza cada noche
un poco más pese a saber
que la astilla en el tiesto
                                      espera.


La precipitación llegó en primer lugar

tras el choque de dos nubes

que solitarias vagaban por otro cielo,

más tarde la condensación

de las lágrimas que fui recogiendo

en un pequeño libro de poemas

y cristalizaron sobre el pronombre.

Finalmente llegó la evaporación

cuando alguien lo abrió y volaron

por el aire diminutos brillantes

hasta caer en la superficie del mar.

Mi amor siguió 


el ciclo inverso del agua. 

El taller de la alfarera

(A Alícia Navarro)

La alfarera sobre la copa del árbol
dispone los esmaltes y cuece el barro
y entre las sombras del bosque
vislumbra los paisajes del alma.

El aire que modela entre las manos
antes de materializarlo le da una idea
del contenido de la vasija: una liebre,
un leopardo, una hormiga o un colibrí.

El cuenco está listo. Y parece vacío.
La gente no sabe que está lleno.

Imagina que Dios hace algo parecido.

Has hecho un pan como unas tortas




De nuevo te quedas fuera del corro,

gallinita ciega que busca a tientas

sin ocupar la silla y haciendo cuentas,

pero orgullosa y sin pedir socorro.


Dicen: tenías que tener aguante,

más cómodo el baile al son de una nota

repetida, monocorde y algo rota

que hiciera sombra a tu danza brillante.


Las que te aconsejan desde su engaño

a cambio de una cara sin arrugas

y la carne prieta para el que llega


tarde y cansado del último apaño,

mueren lentamente como tarugas

donando su vida a quien se la niega.






Fiebre


Arde mi corazón llama

pero no contesta quien se lo llevó

en un bolsillo una noche de lluvia.

Y se propaga lejos el amor


por tanto aire.

Aire que yo pedía.


Aire que desampara.











Ella

A veces ella me lleva
y recoge los pétalos de las flores
y me junta los caminos.
Miro a través de sus ojos
paisajes que nunca vi,
y me pide palabras
muyyyyy largas en alemán
y digo: Streichholzschächtelchen
y un vitral de cascabeles
se esparce con su risa.

Geometría sagrada



Quiero amarte sin memoria,
que la primera curva que vea
sea la de tu mano
cuando la posas sobre mi hombro,
y la primera recta la de tu sexo
apuntando el cielo de los bordes,
y los primeros círculos los de tus ojos:
para volar 

por dentro del vientre de los pájaros 
y tantear algunas copas
y descubrir poliedros en tu lengua
y vértices en la palabra...

Pero también quiero amarte
con la memoria intacta
para saber que nada de lo que vi hasta ahora 

pertenecía al mundo de las formas.

No quiero el detalle del árbol;
a mí dame su brillo,
no me importa su consistencia
ni el número de hojas;
háblame de cómo ríe o si llora
cuando echa de menos el sol.

Dime, ¿qué sucede con sus ojos
cuando llega el invierno
y se cubren sus ramas de blanco?,
¿ves melancolía, miedo
por sentirse enterrado?
o por el contrario, ¿se echa a dormir
tranquilo como un oso en su cueva
a esperar la llegada de sus hijos,
los pájaros?

¿Lo entiendes ahora?
No quiero saber quién eres,
dime mejor qué.


No servía cualquier tono
para la paleta de ocres y grises,
y ,aunque sabía que a ciertos colores
les cuesta mucho transigir
porque temen perderse en la mezcla,
debía ser un azul el que llenara
el hueco de la madera.
Nunca hallé acomodo en lo fácil.

Habrá postre


Conducía sin ton ni son
entre vehículos furiosos
como palos de ciegos
que tantean un suelo de arcilla.

El ruido de las bocinas mataba cruelmente
el propósito de Bach.

Desisto, no habrá postre,
cuando de pronto un Dios mayor
desde su silla de ruedas
me sonríe y me deja pasar.




No se llena el cupo de amar

pero los versos sí se cansan

y terminan durmiendo en contenedores

reciclados del primer mundo

junto a envases de leche y cartones,

oliendo las lágrimas

que se quedaron junto a un cristal.

No se llena el cupo de amar

pero la voz sí se cansa.

Se cansa...