Bonnard lo sabía

              Hay después del amor una separación
                 entre las almas de los amantes,
               como si el último suspiro de gozo
           levantara un muro invisible de alambre.
     Ella horizontal, sobre la lánguida colcha, deja probar 

                            a unos gatos
                  sus dedos aún húmedos,
            El vertical, tras un enérgico biombo,
                       se viste ausente...

                         Bonnard lo sabía:
            el tiempo del amor es antes y durante.
                   Después, el recogimiento.




Derribo


Encalla la palabra que no te dije.
Crece torcida hacia dentro
                                                     y duele
como la uña que se encarna
en un tejido sin aire.
Habré de derribar sola los muros.
O remanga también tu chaqueta,
toma otro martillo
                                                  y golpea.

¿De qué llanto esta lluvia,
de qué puertas cerradas,
de qué tiempo?
¿De qué “yo” esta voz?
Si la palabra que busco
                                       se esconde,
aunque abra todas las puertas...
¿Tras qué velo agazapada?
Quizá sólo en la blancura final,
la respuesta.

Devolviste el aire a mis manos
y a mis pechos regresó el dulce
amargo, y llovieron en mi pelo
raíces de árboles y flores
que querían retornar al bosque,
trasplantaste en la mueca
abismada de mis labios la sonrisa
y me dije para adentro:
ahora sí, parece que todo está bien.






¿Cuántas tomas de aliento

desde el primer estallido de aire,

cuántas desde el golpe seco

en el glúteo tras atravesar el umbral,

cuántos deslumbramientos?


¿O empiezo tal vez a contar

desde la mirada al espejo

de doble cara en aquel dormitorio

de infancia?


¿Es ahí el temor, es ahí la verdad?


Que no sirva sólo a tus creencias,

existe también el amor sin piel

fabricado únicamente de sueños,

de retazos, de fragmentos.

Puedo oler y sentir la tierra

sin arrodillarme ni clavar las manos

en ella; y puedo alzarme

por encima de los tejados,

de las nubes, de las nítidas

líneas que trazan las ciudades

de este mundo y habitar

en una almazuela de redondos

eternos sin más comida ni bebida

que los que a bien tengan dejarme

tres pájaros azules.





Decir para devenir,

para unificar todas

las máscaras que me conforman:

esta, esa y aquella,

de ayer, de hoy, de mañana.

Y volver; regresar al punto de partida

y oír lo que suena, el latido

que soy.


No en vano las notas necesitan

de armonía para convertirse

en música.


Hay dos palabras,

que escribes y borras,

que gritan y callas.

Y sobre unas silentes líneas

se posan dos larvas

de cuyas glotis alumbran

intermitentes y claras:

amor

                           mío.